#Columna: La otra cara de Tarantino

#Columna: La otra cara de Tarantino

La otra cara de Tarantino


Once Upon a Time in Hollywood
me ha dejado una sensación extraña. No es una película que se asemeje a lo que Tarantino acostumbra a representar en la mayoría de sus obras, y no llegaría a catalogarla como la magnum opus de su filmografía. Sin embargo, tampoco podría desprestigiarla, pues independientemente de sus críticas, considero a esta como la producción más personal que el autor ha realizado hasta la fecha. En estos tiempos donde la nostalgia brilla en contenidos audiovisuales, el director ha declarado su amor al cine a través de un film cargado de sentimentalismos a una década que marcó un hito para la industria cinematográfica, llenándolo de referencias al pasado y aprovechando el potencial de un elenco que se ha ganado la admiración del público. Tarantino logra reunir todos los atributos estéticos más relevantes de su carrera para presentarnos una historia donde, curiosamente, no prevalece la continuidad de los hechos (como regularmente ocurre), sino la imponencia de su entorno y los personajes que se desenvuelven dentro del mismo.

Podría afirmar que el director aborda la película desde dos perspectivas. La primera de ellas hace referencia a la época dorada de Hollywood; un mundo lleno de ambición, de celebridades millonarias y de un gremio de directores sedientos por la fama, donde la mansión Playboy era el centro de entretenimiento y donde Roman Polanski vivía su mejor momento. Aquí, Quentin se toma su tiempo para presentarnos la mejor cara de Los Angeles y nos toma de la mano para adentrarnos al corazón de la ciudad, exhibiendo a detalle sus avenidas, sus luces o hasta sus propias culturas. Es una representación fascinante, no solo de una metrópoli que actuó como precursora del cine en los Estados Unidos, sino que es también la forma en la que Tarantino expresa implícitamente la pasión que siente por su oficio, utilizando diferentes tipos de planos que permiten detallar la magnitud de la ciudad y la densidad de su contexto.

El segundo eje temático gira en torno a los personajes principales, Rick Dalton (DiCaprio) y Cliff Booth (Pitt), dos actores que reflejan la frustración de sobrevivir a la presión de sus cargos y que intentan conservar una amistad más allá de lo profesional. La construcción de ese vínculo se lleva a cabo de una forma tan genuina que verlos en escena resulta familiar, siendo estos actores los conductores de un relato que se concentra más en la simplicidad que en el espectáculo. Es allí donde encontramos un punto diferencial al resto de obras de Tarantino, pues nos muestra una faceta en la que no existen largas escenas de combate o secuencias donde la sangre escandalice al espectador. Once Upon a Time in Hollywood es una historia de dos personajes tratando de ajustarse a las necesidades de la industria en un contexto lleno de presiones y algunas amenazas. Es una historia divertida, espontánea, llena de incertidumbre y de unos personajes completamente memorables. La ausencia de los elementos tradicionales de Tarantino resultó ser algo negativo para algunos, pero para mí fue la forma en la que el director nos dice implícitamente que algo ha cambiado y que, saliendo de lo convencional, es posible contar una historia utilizando diferentes recursos.

Aunque la película tiene grandes aciertos, no es perfecta; y en mi opinión, hubo algunas escenas cuya duración excedían la necesidad del momento y pudieron haber sido utilizadas para dar protagonismo a otros personajes, como Sharon Tate, interpretada por Margot Robbie. Me hubiese gustado ver más intervenciones de su parte teniendo en cuenta su talento y la capacidad de adaptarse a cualquier papel. Quisiera pensar que su falta de protagonismo se debe a la intención de Tarantino por mostrar lo que a Sharon Tate le arrebataron: una vida; la posibilidad de ir a cine, de alquilar un libro o disfrutar de algo simple. A fin de cuentas, es una Hollywood imaginada, donde las estrellas cumplen sus sueños y se dejan llevar por el destino.

Pero a pesar de esos cambios, la película lleva la huella del director. Lo sabemos por sus planos, sus diálogos, y su forma tradicional de narrar historias. Es una entrega completamente disfrutable y las casi 3 horas de duración se ven opacadas por la calidez actoral de todo su elenco y de un deslumbre técnico que nos reitera el talento de uno de los directores más importantes del momento.

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