#Columna:  ‘La vendedora de rosas’, 21 años después de una de las grandes películas del cine nacional

#Columna: ‘La vendedora de rosas’, 21 años después de una de las grandes películas del cine nacional

 ‘La vendedora de rosas’, 21 años después de una de las grandes películas del cine nacional

El río Medellín, máximo testigo del llanto de la ciudad, del lamento de las madres que han perdido sus hijos en la cruda selva que les significa la calle y de la que pocos salen bien librados y con las manos limpias. Esta es precisamente la primera imagen del film, no podría concebirlo de otra forma; el sosiego del agua que transita sobre su cauce, contrasta con un virulento alegato de fondo que da entrada a la hostil realidad uno de los suburbios de la capital antioqueña en la pesarosa década de los 90.

 

Asuntos triviales, problemas trascendentales, cualquier excusa parece ser suficiente para la agitación, la confrontación y la prematura visita de la parca, que solo está a la distancia de pulsar el gatillo o de empujar el puñal que duerme en los bolsillos de noctívagos, de criaturas, muchas de ellas aún en la infancia, las cuales se escudan en estos artilugios para lograr su único cometido, conservar sus vidas. La cuestión es de supervivencia.

Este film de Víctor Gaviria retrata el universo agreste de muchos jóvenes de la época, que tristemente aún se encuentra vigente en las zonas más vulnerables de cada ciudad, de zonas visibles pero relegadas, invisibles para un estado centralizado incapaz de actuar incluso en la realidad que lo circunda.

Un plano general cuenta la combustión que yace en cada tapia, en cada rincón del área, la alegría y el bullicio decembrino se yuxtapone al desamparo de jovencitos que corren entre las arterias de la ciudad buscando algo que alivie el dolor de sus penas, algo que amueble el vacío de sus almas atormentadas y por supuesto refugio y dinero para subsistir en una carrera contra la adversidad que les golpea a la cara al ritmo constante de las manecillas del reloj.

Cada personaje lleva un peso sobre sus hombros, una carga que se devela en los delirios y las alucinaciones que presentan, son sus miedos y añoranzas que se anidan en sus cerebros y que son liberadas gracias al único, ubicuo y mejor amigo de todos, el sacol.

Acoso sexual, prostitución, violencia intrafamiliar, delincuencia, microtráfico de estupefacientes, drogadicción… la disfuncionalidad en superlativo, revelando los vericuetos, los métodos y las hazañas de un grupo de jóvenes humildes que solo conocen el bajo mundo, que solo han recibido malos, palabras altisonantes e hirientes de su propia familia y por tanto no emplean otro lenguaje que ese que conocen, agresivo, soez y escandaloso, sobre todo para aquel que no es ‘barrio bajero’ y solo se ha topado con esta cinta por accidente o es un advenedizo consumidor del cine nacional.

Es importante visibilizar las problemáticas sociales que, aunque no nos aquejen a muchos, son una realidad palpable y que, en definitiva, representa una radiografía a gran escala del panorama que encontramos en cada época y con ello, lograr desentrañar lo que le precede, las causas y los conflictos de una generación, de un contexto. El arte se puede servir de un escenario social para revelar realidades que superan la ficción, que puede ruborizar a muchos, pero que también puede sacudir conciencias.

 

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