#Columna: La vida es sencilla

#Columna: La vida es sencilla

La vida es sencilla

 

Pero el ser humano es virulentamente complejo.

Nuestra existencia, respecto a la del universo, demuestra que no hemos vivido tanto como creemos. En escala cósmica, realmente hemos divagado en el espacio durante un ‘pestañeo’, aunque eso no ha impedido que compliquemos las cosas más allá de su significado.

Crecimos como especie hasta adoptar la belleza como parte de nuestra arquitectura social; también para definir los límites de nuestra propia libertad y otorgar poder, en algunos casos, a quienes no debíamos. Sin embargo, mis compañeros humanos, gracias a nuestros grandes avances, se nos olvida mirar al cielo y disfrutar de su hermosura y tranquilidad, algo que podríamos hacer cualquier día y a cualquier hora, pero nos gusta pensar que hay cosas más importantes. Así, la realidad se aparece y de una bofetada nos recuerda que ver el cielo puede ser un acontecimiento tan espectacular como cualquiera, solo si así lo deseamos.

Los hechos

Hace unos días tomé un tren desde la estación de Florencia con la intención de visitar un mítico y poco turístico lugar en La Toscana: Monteriggioni.

Una pequeña fortaleza medieval que en otros tiempos impidió que los florentinos extendieran sus tierras más allá de lo que ahora cubren, y que conserva casi intacta la misma arquitectura de aquellas batallas, una auténtica joya italiana. Y aunque parecía sencillo y estaba determinado a llegar, resultó imposible.

Los buses desde Castellina in Chianti, lugar hasta donde llegaba el tren, tenían tan poca frecuencia que no había otra salida más que volver a Florencia en ese momento o no hacerlo ese mismo día. Por el alojamiento y el dinero insuficiente que llevaba encima, tomé el tren de regreso,  mientras intentaba soportar el duro golpe a la moral y las esperanzas.

De regreso, una mezcla de emociones me atacó y en algún punto me sentía culpable de mi misma desgracia. Y, aunque suene a algo concreto, en realidad es algo que muy a menudo nos ocurre: nos otorgamos un nivel de culpa personal cuando algo no sale del todo bien. Y eso no está mal, no del todo.

Todo es parte de un ejercicio de reflexión interna rápido pero profundo.

Resulta tan elemental como las palabras que Sherlock dirige a su buen amigo Watson en una de sus aventuras: “Los efectos raros y las combinaciones extraordinarias debemos buscarlas en la vida misma, que resulta siempre de una osadía infinitamente mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación”.

Y la vida es lo que ocurre. La vida era el paisaje verde intenso, con casitas auténticamente toscanas, rodeadas de flores rojas y amarillas; una imagen que no olvidaré nunca, porque también se encargó de levantar mis ánimos y demostrarme que, aunque no llegué a Monteriggioni, disfruté de unas vistas increíbles que no tenía planeadas en lo absoluto.

La otra cara

Sea cual sea la razón de nuestros dolores emocionales, siempre existen otras ventanas además del caos y la negación total. Los latinos y europeos se llevan la contraria en unos cuantos aspectos, pero los primeros tienden a ver un ejemplo de sociedad en los segundos.

Y si hay algo que me llama la atención de los europeos es su capacidad de disfrutar, incluso, con los placeres más pequeños. Ir a un parque y leer un libro, salir a tomar aire en la banca de un sendero. Las intenciones de sobreponerse a alguien más parecen reservarse para unos pocos, cuando lo que les interesa realmente es disfrutar de la vida, su vida, a su manera, sin importar que sea de la forma más sencilla, como mirar al cielo, contemplarlo en su majestuosa e infinita largura y dejar ir todo lo demás.

 

Escrita por:

Camilo VanderHuck

 

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