#Columna: Las drogas y yo: un buen viaje

#Columna: Las drogas y yo: un buen viaje

Las drogas y yo: un buen viaje

 

Desde niño siempre tuve la idea de que las drogas eran malas. Siempre pensé que era perjudicial para el futuro de alguien prender un porro, porque la idea que venía de mi casa era que la curiosidad mató al gato y por ahí derecho a su entorno; por eso nunca me atreví a oler perico o pegarme un ‘plon’.

La Corte Constitucional hace unos meses desmeritó un artículo del Código de Policía (estrenado en el Gobierno Santos, quien ahora habla de la despenalización de las drogas como solución al narcotráfico) en el que se basaban para prohibir el consumo de sustancias alucinógenas y de alcohol en las calles. Muchos están a favor, otros en contra que ahora se pueda consumir en espacios públicos, pero parte de eso me causó curiosidad cuando decidí conocer ese mundo: el de los baretos, las líneas de coca, e incluso, las pepas.

En Cali, siendo un universitario, nunca tuve amigos que metieran algo, o bueno, nunca lo supe. Todos eran muy normales: rumba, licor (lo cual para mí es una droga más) y pa’ la casa. Mi entorno era muy ‘sano’ y el consumo de drogas siempre fue un tema tabú; de hecho, muchos nos preguntábamos si seríamos capaces de fumar marihuana y dábamos un brinco de asombro, como niños de primaria hablando de sexo, qué estupidez.

En las fiestas de ese entonces nadie me ofreció algo diferente a licor, nadie en los lugares a los que yo asistía lo hacía, mejor dicho, qué orgullo para mis papás que nunca me rodeé de nadie así; a excepción de dos familiares a quienes la marihuana los volvió nada, pero como dije arriba, eran casos que me reforzaban el estigma de que ‘prenderlo’ iba a acabar con mi vida. Eso pasó hasta mis 21 años, cuando me fui a vivir a Bogotá.

Al llegar a la ciudad de los grandes temores, en una de sus mil y una noches, conocí a una persona que se hizo mi parcera. Una vieja inteligente, pila, divina y con una conciencia por su entorno y lo social que cautivaba; tanto que nunca imaginé que fumara -y no me refiero a cigarrillo-. La verdad ya viviendo solo y aparentando ser un hombre respetuoso y abierto de mente, nunca le hice un solo comentario de eso, pero para mí era asombroso que estuviéramos en el mismo momento de nuestras vidas, con un trabajo anhelado y que llevara casi toda su adolescencia ‘prendiéndolo’ y no solo eso, también metiendo LSD y otro tipo de cosas. Me sentía raro, no lo niego, pero ¿dónde estaba la desechable que mi entorno me había prometido que tenía que ser si consumía alucinógenos? En ese caso, por ninguna parte.

Unos meses antes en Cali había conocido a alguien que me estaba llamando la atención y para esas fechas me enteré de que también fumaba y había probado otro tipo de drogas. Me asombré. ¿Cómo no lo había notado? toda esta bomba que estallaba en mi retrógrada cabeza me tenía pensando una y otra vez a qué se refería mi familia cuando me advertían del uso de las drogas; al parecer me estaba perdiendo era de algo bacanísimo y cero dañino, pero no… tampoco.

Cuando empecé a aceptar este grandísimo mundo en mi vida con amigos que consumían, y tratando de entender qué se sentía, terminé en un ambiente donde todos lo hacían. Me sentaba en un parque con alguien y ahí llegaba un amigo de esa persona a darse unos ‘pases’ de perico, unos fumaban mientras otros yacían tirados en el suelo por el viaje que se estaban pegando y empecé a visualizar la escena como a la de muchos familiares cada ocho días invirtiendo centenares de pesos en licor: normal. Empecé a creer que todos mis amigos de la universidad lo hacían sin que yo me enterara y que no se distinguí si seguían siendo pilosos o terminaban siendo vagos. Sin embargo, de aquellas personas en el parque ya empezaba a preocuparme.

No había día que no se fumaran uno o dos. No había día que no los viera con los ojos perdidos y justo ahí me fijé en sus vidas. Llevaban años tratando de centrarse, en encontrar un futuro mejor, una motivación para vivir más allá del día a día, pero el problema era que no la encontraban. Hasta el día de hoy no sé si se debe solo a su adicción, pero por lo menos en ella lograban suavizar el dolor habitual de tener que encontrar el pan diario. Ya fuera el pan de comer o de vivir.

También vi relaciones basadas en ese consumo habitual. Unas estables y potentes en las cuales ambos estudiaban y quienes buscaban un mejor futuro; pensaban en su maestría o en otra carrera para echarse un diploma más encima, o que hacían de su consumo un negocio, pero al fin y al cabo responsables, justo como muchos de mis allegados: ebrios, pero con casa, carro e hijos. La misma vida, pero con diferente llevadero.

Por otro lado, veía ese consumo decadente, el que no sabía a quién le afectaba más en esa relación, una que pasaba de ser tóxica a química, deshinibida y sin aspiraciones; una relación totalmente finita, ya fuera por las drogas o por sus propias vidas. Me di cuenta de profesores, ex parejas, amigos y hasta familiares que se metían sus viajes y que lo hicieron conmigo al lado y yo: sano. Ahí entendí el contraste. Y se empezó a ir el estigma poco a poco.

Hoy mis amigos más cercanos consumen a mi lado en paz, ya no hay quien los juzgue, y entendí que muchas personas lo hacían sin que yo me diera cuenta, solo que por culpa de ese estigma no los dejaba entrar en un espacio de libertad y respeto. Porque los estaba vulnerando y de paso a mí mismo. Así fue como entendí que una de mis mejores lecciones fue cuando un porro cambió mi vida y contrario a lo que muchos pensarían, lo hizo para bien. ¡Qué viaje!

 

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