#Columna: Mi Multiculturalidad

#Columna: Mi Multiculturalidad

Mi Multiculturalidad

No esperen que les hable de cuestiones europeas, ni asiáticas, ni mucho menos anglosajonas. No, mi caso es más atractivo. Hija de paisas de Pereira, nacida en Bogotá, criada entre el Valle, Risaralda y Bogotá (mi pubertad), lo cual ha permitido construirme con una diversidad envidiable de costumbres, valores, actitudes y un montón de historias. Por ejemplo, puedo decir briquet y candela para referirme a un encendedor; puedo decir está rabón o verraco para referirme a está enojado y no me queda mal decir “su merced”.

Pero lo más interesante es el tema de la comida. Un fin de semana, en la casa de mis padres, se puede desayunar con caldo de costilla o changua y arepa con chocolate y queso, o con calentado de lo que haya. En el almuerzo se puede acompañar con mazamorra o champús… y con el champús doy inicio a mi divertida historia.

Recién llegué a Cali, con 14 años, escuchaba que el señor de la mazamorra vendía “mazaaaaamoooorraaa y shaaaaampoo”. Pensaba: que loco era vender mazamorra e implementos de aseo personal al mismo tiempo. Siempre salía corriendo hasta la puerta para alcanzar a ver dónde metía el Pantene, Elvive, H&S, etc. Un día no me aguanté y le dije a mi papá “que la gente caleña era loca, que el señor de la mazamorra vendía shampoo”. Seguidamente se burló de mí y me llevó a probar Champú.

Cuando inicio mi vida laboral como profesional en la terminal logística, un lugar donde el viento llega cansado y el agua con sed… solo se mecateaba chontaduro, no tuve problema, me gustó, además me enseñaron a comerlo con tinto. Lo gracioso es que escuchaba a mis compañeros que su cotidianidad incluía cocinar el chontaduro por largas horas, un día no me aguanté y pregunté “oiga chino ¿para qué se cocinan tanto el chontaduro? ¿qué hacen con eso?” – léase con acento rolo –. Me respondieron de manera jocosa, que si no lo cocinaban eso no se lo comía ni un caballo y además me ilustraron, me contaron que también se cocina con hueso de res para que su textura sea mejor.

Por otro lado, hace tres años, salí de mi hogar para ser independiente, me fui con una compañera de la universidad a un apartamento que alquilamos en compañía. Un fin de semana, me levanté temprano he hice changua de desayuno, obviamente cociné para las dos. Me tomé mi caldo, me comí la arepita y salí. Más tarde ella me envía una foto preguntándome “¿qué demonios era eso? y ¿Qué si eso se comía?” le expliqué que era caldito y que se lo podía tomar, realmente ella lo pensó mucho para tomárselo y no volví a hacer más changua para las dos.

Para finalizar, hace poco, les puedo hablar de dos semanas, conocí el pan de yuca. Todo empezó con una actividad de la oficina para cerrar la jornada con “pam” caliente. Hasta ahí todo normal. Cada uno pidió un pandebono y un pan de yuca, yo no quise cambiar y pedí los mismo que mis compañeros. Cuando mordí el pan de yuca, me sentí tumbada, es vacío por dentro, me paré y empecé a observar los panes de yucas de mis compañeros, con el objetivo de verificar si yo era la única tumbada. Se acabó la integración, olvidé el tema y todo quedó allí.

Volvimos a repetir la actividad, igual que la vez pasada, todos pidieron un pan de yuca y un pandebono, yo objeté y dije: “no quiero pan de yuca, la vez pasada me tumbaron, el pan me salió vació por dentro” … obviamente mis compañeros se rieron hasta no más poder, y en ese momento aprendí que el pan de yuca es un pan vacío.

Escrito por:

Diony Ico Brath

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