#Columna: Teletransportación

#Columna: Teletransportación

 

Yo, tal vez como todo niño, soñaba con poder volar como Superman. Sin embargo, he tenido la fortuna de volar en parapente y ya lo considero un deseo cumplido. Por eso otro superpoder se robó fácilmente el primer lugar en mi lista de deseos cuando vi Jumper (2008): la teletransportación. La película se basó en la saga de novelas (realmente buenas) de Steven Gould que leí con avidez: Jumper, Reflex, Impulse y Exo. Allí se narran las aventuras de David Rice y su hija, la cual no solo heredó el talento natural de David para “saltar” sino que aplicó varios principios de física (inercia, energía potencial, energía cinética) para volar casi literalmente como Superman.

Tal vez lo que más me gusta de este superpoder es no tener que desplazarse de un lugar a otro, menos en ciudades como Bogotá o Cali donde ya ni la restricción del pico y placa logra disminuir los trancones. Así se evita uno el estrés de no poder abordar el bus que le sirve porque ya viene lleno. Y si va manejando, se salva de sacar músculo solo en el pie izquierdo de tanto pisar el clutch en un trancón. O de tener que controlar la adrenalina causada por los enjambres de motos que aparecen de la nada y que son tantas que parece que las regalaran por la compra de medio pollo asado.

Hasta que un día tuve la oportunidad de trabajar para una empresa con sede en Arizona, Estados Unidos. Lo mejor es que como la empresa no tenía sede acá, pues no tuve que desplazarme a una oficina sino que hacía todo por Internet. Y fue maravilloso. No más trancones, no más llegar de malas pulgas a trabajar por cuenta del estrés del viaje, ni más tiempo perdido en desplazamientos. Llegué a sentirme como David Rice, tomando un té en la cocina de mi apartamento y un minuto después estar hablando con mi jefe en Arizona sobre los datos en mi pantalla.

Obviamente semejante poder implica lidiar con la estructura mental de los otros. Por ejemplo, David no podía saltar así nada más a un sitio remoto al que solo se puede llegar por avión si el aeropuerto estaba cerrado, ya que hubiera despertado sospechas. De la misma forma, uno no podía un decir que estaba en la casa porque inmediatamente el vecino o la tía le piden que los acompañe a hacer una vuelta, ya que no logran asociar trabajo con casa sino solamente con una oficina. Sin embargo, trabajando en otras empresas comprobé que con una estación virtualizada se podía incluso contestar en el computador una llamada dirigida a la extensión. Así, literalmente mi computador del trabajo estaba en la oficina y yo podía usarlo a través de internet como si estuviera en un cubículo allá sentado.     

Ahora sí, con esa configuración ya ni siquiera tenía que cargar conmigo los archivos ni el software especial para hacer mi trabajo. Podía viajar a casi cualquier sitio donde hubiera Internet decente y virtualmente estar en dos lugares al mismo tiempo. Se puede argumentar que todavía me falta mucho para emular los poderes de David Rice pero, en términos prácticos, ya he alcanzado mi deseo de usar la teletransportación.

 

Escito por: Andrés Meza Escallón

@ApoloDuvalis

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