#Columna: Y COMO DIJERON LOS DE MOLOTOV

#Columna: Y COMO DIJERON LOS DE MOLOTOV

Y COMO DIJERON LOS DE MOLOTOV

…Entonces, el gringo pasó por mi lado, sacó su bolsita y se pegó un “pericazo” como si nada, ahí, frente a todo el mundo. En ese momento, pensé: “Qué doble moral la de esta gente, que se las da de xenofóbica en su tierra; pero, viene acá buscando lo peor de nosotros, lo mismo que tanto critica”. Y es cierto: gringo que se “respete”, viene a Colombia buscando droga o prostitutas. En su defecto, entonces ambas cosas y ni siquiera es un gusto exótico y exclusivo de la majestuosa red de seguridad privada de Obama en su tiempo; sino y sorprendentemente, algo que fácilmente se ve en cada esquina caleña y me imagino que en la de cualquier otra ciudad del país.

Recuerdo, en mi vida, haberle escuchado a varios extranjeros maravillas de la marihuana y de ahí pa’ arriba; aunque, más que todo de esa, la droga “básica, normal o más aceptada”. Porque la morronguería de esta gente y hasta la de muchos paisanos es tal, que dicen que aman la marihuana; pero, pocas veces son capaces de consumir cocaína, ácidos, pastillas, etc. fuera del baño de una discoteca; a excepción del que cito en el primer párrafo, claramente.

Por eso es tan normal sentir un característico aroma a “sahumerio” justo después de que pasa un grupo de extranjeros por nuestro lado en la calle. ¡Qué descaro! Cuando no se atreverían a hacerlo dos pasos afuera de su casa. Pero, el problema ni siquiera es de ellos, sino propio, como todo. Eso que vemos en la calle es culpa nuestra, lo cual está perfectamente reflejado en la ineptitud del gobierno y/o de entidades como la Policía.

¿Por qué la ley no hace nada cuando pasan estos gringos oliendo a sahumerio? ¿Por qué todo el mundo sigue de largo después de verlos comprando droga? ¿Por qué nadie investiga a fondo la razón de sus visitas a Colombia? Porque lo ven con la misma indiferencia que nosotros. Hemos cometido el error de acostumbrarnos a todo y mientras sea así, seguiremos tocando fondo.

Al gringo del pericazo lo vi en una rumba. Yo estaba en mi parche, bailando; cuando él se acercó al círculo, mientras nos miraba y sonreía. Me pareció que quería socializar y tuve el impulso de hablarle. Pero, para ser sincera, verlo meterse ese pase sin vergüenza me quitó las ganas. Ahí fue cuando pensé en escribir esta columna.

Mi problema no es que se droguen, sino el cinismo con que lo hacen; sonrientes y orgullosos; como diciendo: “estos indios no nos juzgan porque les pagamos setenta y cinco centavos de dólar por un bareto”, algo así. Eso me indigna, me parece ridículo. En cambio, cuando vuelven a sus países y encuentran un latino; se les suben los humos a la cabeza, se olvidan de los cien porros que se fumaron aquí y lo miran mal. ¿Por qué, si la pasaron tan bueno cuando vinieron? ¿Acaso no quieren tener cerca un recuerdo de lo que hicieron tras de salir del aeropuerto en Colombia? Ahí sí odian Latinoamérica. Ahí sí somos una partida de tercermundistas drogadictos, ladrones y asesinos. Ahí sí somos la escoria del mundo. ¡Entonces no vengan, hipócritas!

Pero, claro, para todo hay excepciones. ¡Ah! Y como dijeron los de Molotov: “Aunque nos hagan la fama de que somos vendedores; de la droga que sembramos, ustedes son consumidores”.

 

 

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