Crónica de la “primera vez” de una trabajadora sexual

Crónica de la “primera vez” de una trabajadora sexual

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Fotofobia, sed intensa, sabor amargo en la boca y un dolor de cabeza insoportable, era el precio que tenían que pagar por una noche en la que el licor las liberó de la tediosa cotidianidad a la que estaban confinadas. A Marcela la ingesta de alcohol la desconectó tanto de la realidad, que no tuvo ningún reparo en contarle a Johana su más íntimo secreto: hacía varios años se dedicaba a la prostitución.

A decir verdad, para Johana no fue mayor sorpresa la confesión de Marcela: “ese cuentico del centro de estética siempre me pareció muy reforzado, yo sospechaba que esta pelada estaba metida en cosas raras pero no me atrevía a preguntarle; y mirá como son las cosas, ella solita se sapió”, me dijo Johana. Cuando se dio cuenta del trabajo de su amiga no pudo evitar la fascinación: para ella fue casi una señal del destino pues hacía algún tiempo que estaba considerando seriamente la posibilidad de monetizar el talento que dice tener para el sexo. Sin vacilar ni un solo momento le expuso su interés a Marcela y ella en medio de la ebriedad aceptó gustosamente ser su madrina en el mercado del sexo.

Johana cumplió 19 años el día que esta historia tomó un nuevo rumbo. Su caso no es el de la típica niña que fue abusada sexualmente, tampoco el de una madre soltera que se muere de hambre porque no tiene trabajo; no fue abandonada por sus padres, de hecho todavía vive con ellos y mantienen una buena relación. Se graduó de un colegio de monjas clase media hace tres años y de inmediato entró a estudiar inglés porque ninguna carrera universitaria le llamaba la atención, pese a que su papá estaba dispuesto a endeudarse para que ella entrara a la universidad.“Vos podes pensar que soy una hijueputa porque quiero putiar sin tener motivos para hacerlo, pero ¿No es suficiente motivo querer hacerlo y ya?”, me dijo Johana.

En el colegio nunca se destacó por nada en especial, salvo por su timidez extrema: “yo soy esa pelada que cuando ven las fotos del colegio nadie se acuerda de mi nombre, nunca tuve amigas en el colegio. Mi mamá siempre me dijo que las mujeres son muy malas amigas y por eso nunca me relacioné con las peladas deallá”, afirma Johana. Desaprendió la lección materna apenas entró al instituto donde estudió inglés. Ahí nadie conocía su extrema timidez y como por arte de magia cambió su carácter, ahora era una muchacha que aparentemente socializaba con facilidad: “no es que me haya vuelto amiguera de un momento a otro, es más, todavía creo que soy muy tímida. Lo que hice fue pararle bolas a lo que hacían las peladas del instituto y copiarles el estilo ¿Me entendés? Como a la segunda semana llegué con una pinta bien linda y las dos peladas más bacanas se me acercaron y me pusieron charla. Desde ahí me metí al grupito de ellas y nos volvimos reparceras”, recuerda.

La vida de Johana cambió completamente desde que fue aceptada en el grupo de las chicas “in” del instituto. Sus días de soledad y silencio quedaron en el pasado gracias a frenéticos fines de semana que podían empezar con un par de cervezas en inmediaciones del instituto y terminar en la casa de algún nuevo amigo, en un motel o en una finca: “empecé a rumbiar mucho, con estas peladas empecé a conocer mucha gente, manes de plata que nos llevaban a buenos lugares, nos gastaban de todo, eran muy respetuosos con nosotras y si las cosas se daban pues pasaba lo que tenía que pasar”, recuerda.

Sus padres no tardaron en alarmarse por el repentino cambio. De inmediato empezaron a controlarle el tiempo libre que empleaba para sus placeres paganos, pero ya era demasiado tarde porque para entonces Johana había naturalizado ese estilo de vida. Nuevamente recluida en la soledad de su casa, añoraba aquellos fines de semana en los que entregarse al goce irrestricto era premiado con teléfonos celulares, ropa, perfumes y una que otra joya.“A mí no me importaba si no podía salir a rumbiar, lo que de verdad me daba rabia era no tener con qué comprarme las cosas que esos manes me daban. Mi papá no me podía comprar la ropa que quería, ni me pagaba el gimnasio, ni nada de eso. Yo sé que es como muy superficial eso, pero qué le puedo hacer, así soy yo. Yo me pongo a pensar en esa gente que es toda trascendental y sé que no es feliz, en cambio yo encontré la felicidad en las cosas más simples de la vida”, afirma con el mayor desparpajo.

Luego de varias semanas sin salir empezó a reflexionar sobre sus nuevas aspiraciones y llegó a la conclusión de que estaba tomando el camino equivocado: “mis papás me enseñaron desde chiquita que nunca podía depender de ningún hombre, que yo misma me tenía que ganar las cosas, y luego de mucho pensar me di cuenta que si a mí me gustaba tener cosas finas no tenía porqué depender de que un marica me las regalara”, recuerda. Fue en ese momento cuando consideró vender su cuerpo para comprar felicidad.

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Las aproximaciones al fenómeno de la prostitución en la mayoría de los casos caen en lugares comunes que poco aportan a una comprensión global del asunto. Es tan corta la apreciación del particular que con el calificativo de “la profesión más antigua de la historia” se pretende ofrecer un argumento lapidario que sirva para censurar y/o legitimar el oficio. Cuando pensamos en la prostitución, casi de manera inmediata se nos vienen ideas como facilismo, oportunismo, necesidad, indignidad e inmoralidad para caracterizar esta actividad. ¿Es fácil tener sexo con cualquiera? ¿Lo ha considerado como una oportunidad alguna vez? ¿Está seguro que siempre se hace por necesidad? ¿Pierde la dignidad de mujer una puta por lo que hace y no una “mujer decente” que sepulta su vida al lado de un hombre que no la hace feliz? ¿Es más inmoral dar placer a cambio de plata que fingir amor donde solo hay costumbre o miedo a la soledad?

Las cifras sobre la prostitución parecen ser todo un misterio. Durante esta investigación consulté entidades gubernamentales de orden local y nacional que deberían tener estudios sobre el tema y lo poco que encontré tenía más de diez años de haber sido elaborado ¿En diez años no ha cambiado nada? ¿Será que quienes se dedican a la
prostitución no son ciudadanos que merecen la atención del Estado? En el estudio sectorial “La prostitución como problemática social en el Distrito Capital” elaborado por la Contraloría de Bogotá se afirma que: “para los gobiernos nacionales y locales, incluyendo a Bogotá, nunca ha sido fácil abordar esta problemática, debido a las complejidades y sensibilidades que giran alrededor del tema, las cuales van desde su naturaleza económica hasta sus implicaciones en la moralidad pública, el bienestar social, la delincuencia y la salubridad”. En un país como Colombia en el que la doble moral oficia como juez nos escandalizamos con la prostitución pero nos hacemos los de la vista gorda frente al ignominioso burdel en que han convertido nuestra patria.

Si bien es cierto que un porcentaje considerable de quienes optan por la prostitución como fuente de ingresos lo hacen por necesidad, también hay que reconocer que un número significativo lo hacen por una elección personal. Por más incomprensible que resulte esa opción, aquella no es más que la radicalización de la soberanía que en tanto seres racionales podemos tener sobre nuestra mente y cuerpo. Evidentemente la prostitución ha generado toda una industria que encuentra su combustible en la violación sistemática de los derechos humanos: la trata de personas es el tercer negocio ilegal que más millones de dólares mueve a nivel mundial. Un número considerable de las víctimas de ese flagelo son colombianos que se aferran cualquier salvavidas para no ahogarse en el mar de las angustias. Pese a ello el Estado colombiano no ha tomado medidas concretas y efectivas al respecto ¿Será que aquellos incautos menesterosos son considerados como ciudadanos de segunda categoría?

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Marcela pasó de ser el hada madrina ebria de Johana a convertirse en la voz de la conciencia para que no lo hiciera. “Bebe yo llevo dos años intentándome salir de esto y no he podido, aunque se gana bien y se pasa rico, es muy chimbo estarse escondiendo de todo el mundo como si uno estuviera robando o matando. Sentirse una delincuente sin haber robado ni matado es la maldición de nosotras las putas”, me dijo Marcela.

La decisión ya estaba tomada aunque Johana se hallaba en una encrucijada: no sabía si ser puta o prepago. Aunque las dos hacen lo mismo, al parecer existe una suerte de reprobación y aprobación respectivamente. Las primeras son mujeres corrientes que trabajan en casas de lenocinio, las segundas son mujeres con algún nivel educativo que esperan a que el cliente las llame. “Ser prepago es más dignificante, pero ser puta es más rentable”, me dijo Johana. Para ella pesó más la rentabilidad.

Con un vestido negro que marcaba sus curvas, unos tacones altos y puntudos que estilizaban sus largas y torneadas piernas, un maquillaje sobrio que dejaba ver su virginidad en estas lides, a las 2:00 p.m. salió al ruedo: tres hombres sentados en la sala de espera veían desfilar a las 25 mujeres que trabajan en el sitio. Ella se presentó con una sonrisa diáfana y mirada picarona: “mucho gusto Samantha”. Uno de los tres caballeros urgidos de descargar su furia de macho la escogió como si se tratara de un par de zapatos.

Mientras Johana le daba paso al debut de Samantha, yo la esperaba en una de las salas del prostíbulo con la inocente intención que me contara los detalles sobre su desvirgada como puta. Pasada casi una hora bajó por las escaleras completamente impecable, con una sonrisa que no propiamente denotaba alegría —como la sonrisa de las presentadoras de farándula—. A esas alturas el grupo de machos a punto de desenvainar su sable había sido relevado por otros con la misma urgencia. El desparpajo de Samantha no pasó desapercibido en la sala e inmediatamente otro cliente se interesó en la mercancía que acababa de ser usada.

No había duda:Samantha acababa de nacer en el cuerpo de una mujer que ese día cumplía 19 años, mientras Marcela luchaba cuerpo a cuerpo en el mismo lugar con las ganas de recobrar su verdadera identidad.

Por Hugo Correal
@HugoCorreal

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