El arte como negocio

La discusión sigue abierta

Tal vez muchas personas ya hayan resuelto la discusión sobre si se puede ‘vivir del arte’, pero en mi caso no. Es claro que un artista debe vivir bien, ni más faltaba, el tema es si se puede enmarcar en una dinámica demercado, de oferta y demanda. Esto puede parecer un comentario anticuado cuando en la actualidad se habla de las industrias culturales, creativas y la economía naranja, conceptos sobre los que se mueve un negocio grande de formación y capacitación. Pero repito, a mí todavía no me queda claro el tema de entretener, reflexionar y ganar plata. Porque detrás del arte hay, necesariamente, una propuesta estética.

Tal vez no estaban tan equivocados los teóricos de la Escuela de Frankfurt que, a mediados del siglo pasado, introdujeron el concepto de industria cultural como una crítica a la reproducción de obras de arte, luego llegaría la Unesco y lo adaptaría como sector de la economía y el resto de historia actualmente se encuentra en construcción. La inquietud llega cuando, por ejemplo, en el caso de la música se produce pensando únicamente en la audiencia, invirtiendo la mayor cantidad de los recursos en la distribución, que se encarga que el producto musical llegue al mercado, pero
restándole importancia al trabajo musical; dejando en un segundo plano la obra artística, la calidad y el contenido.

Y ese mismo modelo se aplica a otros productos en otras áreas, donde la preocupación principal es vender, perdiendo la esencia. Entonces aparecen los BestSellers, los feat de artistas cantando reggaetón, los remakes de historias que fueron exitosas y la adaptación de los clásicos. ¿Esa es la famosa reinvención de la que hablan en los talleres, seminarios, cursos y asesorías de emprendimiento? Todo el protagonismo y preocupación está en el consumo cultural, como una nueva tendencia que los artistas deben seguir para vivir del arte.

Cuando hacemos este tipo de reflexiones, por lo general se llega a la conclusión que hay que trabajar en la formación de públicos, para que las personas puedan consumir otros productos culturales, no necesariamente los más comerciales, y de esa manera formar un criterio que, a través de un proceso, cultive una audiencia alterna que se mueve con las lógicas de lo masivo. Pero esta labor se la han dejado únicamente a las entidades públicas, fundaciones y algunas organizaciones educativas, algo que muchas veces ha resultado insuficiente y marginal, llegando nuevamente al mismo punto.

Lo cierto es que hay que buscar al público, seguro que afuera hay alguien que quiere pagar por escuchar música de calidad, pagar por leer un buen libro, comprar la boleta para ver una buena película o participar de un concierto; gente que quiere tener en su casa una buena obra que le genere sensaciones y pensamientos. Los artistas deben segmentar más, encontrar quién los valore y no desfallecer. Y como suele suceder en estos temas: la discusión sigue abierta.

 

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