#Temática: Querido Humberto

#Temática: Querido Humberto

 Querido Humberto

Quiero que sepas que fui yo…

Ilustrador por: Daniela Cardozo

 

Quizá no recuerdes quién soy, ni cómo me llamo; al menos si me ves, mi cara se te hará familiar. Tengo un terrible secreto que he cargado a las espaldas de cuando yo era estudiante del colegio y tú desempeñabas las labores de limpieza.

No fue mi intención amigo, lo juro. Cuando las alternativas escasean y te encuentras sometido a tanta presión, las posibilidades de tomar una decisión adecuada son ínfimas. Y hoy te escribo, porque quizás algún capítulo de tu vida quedó inconcluso sin esta verdad, pero quiero que sepas que fui yo quien tapó el inodoro aquella vez con una media.

Muy probablemente tu cabeza se habrá llenado de preguntas como ¿quién carajos se limpia el orto con una media? O ¿qué desadaptado habrá sido el causante de tener que llenarme las manos de excremento? Pero no todo es como parece Humberto, pues a pesar de que todo juegue en mi contra, voy a contarte mi verdad.

Ese día uno de los dos timbres que advertían el inicio de clase sonó, pero no me bastó haber comido como un marrano todo el recreo, tenía que llevar provisiones para lo que faltaba de clases, así que, compré dos kiwis; si al menos hubiera anticipado los efectos, te juro amigo, que no los habría comprado.

Al llegar la profesora de matemáticas, sentí que algo raro ocurría dentro de mí, la vorágine en mi estómago me estaba pasando factura.  Trataba de pensar en el teorema del seno y el coseno, pero mi cabeza solo pensaba en teorema del escusado. Una transpiración helada comenzaba a formar gotas en mi frente y espalda. No quería ser yo, ni estar ahí. El estómago quería hablar, como un espíritu maligno que estaba buscando mi cuerpo para habitarlo.

No quería hacerlo. Comencé por arrepentirme de mis pecados, después le prometí a Dios que volvería a ir a misa, y que sería un buen sujeto en adelante… Pero no aguanté más. Salí corriendo a buscar un sitio que me liberara de ese leviatán. Cuando lo encontré, bajé la llave mientras mi cuerpo se exorcizaba, y apenas el demonio salió, volví a tener control sobre mí, y fui recuperando poco a poco mi voluntad.

Todo se veía color de rosa, unicornios y manantiales de tranquilidad me recorrían. De pronto me di cuenta que no tenía nada para limpiar el desorden, ni siquiera un periódico cerca. Afanado busqué en mis bolsillos y solo había dos billetes de mil, pero su tamaño no permitió limpiar los rastros del demonio.

Desconsolado y resignado a irme a la casa inmediatamente, miré que mi media de educación física podría ser útil y la utilicé con ese fin. Pensé que nada pasaría si la tiraba en el agua, pero al bajar la llave se atascó. Al ver que mi desgracia crecía, salí de allí y seguí mi vida normal. Días después, fue cuando supe que todo se complicó y que también fuiste víctima de los kiwis.

Posdata: Espero tener un día el valor suficiente de mirarte a los ojos y pedirte perdón. Por ahora, me conformo con que tú sepas que lo siento. Ojalá no odies los kiwis tanto como yo a partir de hoy.

Con cariño, un abrazo

 

Escrita por:
Diego Andrés Cabrera

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