#TEMÁTICA: COLOMBIANO COME COLOMBIANO

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COLOMBIANO COME COLOMBIANO

COLOMBIANO COME COLOMBIANO

Comidas que conquistan fronteras

 

Doña Doris, propietaria del puesto de fritanga “Aquí es Doris”, no utiliza más materiales para preparar sus delicias, que aquellos producidos en Colombia. En ella sobrevive el inmortal lema de Silva y Villalba “porque yo quiero siempre lo de mí tierra primero”.

Los despreocupados transeúntes que pasan por su puesto, llevados por el olor y la multitud, que en este país siempre es señal de algo interesante, se quedan por el sabor característico de las papas rellenas, empanadas, chorizos y demás manjares que salen de las manos de doña Doris.

Este amor por lo local no viene de ninguna desviación nacionalista por parte de la venerable señora. Ni mucho menos de algún sentido antiglobalización. Para ella, el resto del mundo existe y se siente muy feliz por ello.

A su local de vez en cuando llega algún extranjero. Doña Doris, con su risa larga y fácil, le sirve con la misma gentiliza que a un compatriota, e incluso, se podría
decir que lo atiende mejor. Sobre todo, a aquellos de ojos azules que según ella, le hacen recordar el mar. Doña Doris nunca ha visto el océano, lo más cerca que ha estado, es el río Pance, al cual no ha visitado desde hace casi diez años.

¿Cómo es su proceso?

Cada lunes, y a veces los jueves, cuando las ventas son muy buenas, compra los materiales que transforma hábilmente en la comida preferida de muchos. Doña Doris se enfunda un sombrero de paja, zapatos de material y un par de costales. En la plaza va a la fija con sus proveedores: campesinos y negociantes colombianos; como debe ser. La gente la reconoce y a medida que avanza por el lugar le gritan: Adiós, colombiana. Ella saluda levantando la mano. Doña Doris ama Colombia, esta es la patria que le ha dado todo: un trabajo, un marido, y bellos hijos. Hace dos años comenzó a pagar un terreno en el cementerio Jardines del recuerdo, porque según ella, de esta tierra no la sacan ni muerta.

Al caer las noches, con fuerza de marinero viejo, levanta las velas de su local, prepara el fogón, limpia las sillas, toda ella es un ejército de una persona lista para
la batalla. Cuando comienzan a llegar las personas, y las voces se confunden con el ruido de los carros, doña Doris es como un director de orquesta que toma pedidos, sirve comida y entrega servilletas. Del dinero se encarga un sobrino desgarbado que toda la noche bosteza, y que de vez en cuando, sin que su tía se
dé cuenta, roba una que otra empanada.

“Si yo hago esto, es para devolverle algo a este país que tanto me ha bendecido. Los colombianos necesitan entender que aquí también se hacen cosas buenas. Cuando salí de mi patria todo era muy diferente. Yo estaba asustada en esta nueva nación, sobre todo porque ser venezolana podría significar que me discriminaran. Después de tantos años me siento una colombiana más, y ahora sólo uso ingredientes locales, porque estoy totalmente convencida, de que colombiano, debe comer colombiano”.

 

Escrito Por: Jorge Sánchez Fernández

Ilustrado Por: Pedro Valles Gambín

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