#Columna ‘La cleptis’

#Columna ‘La cleptis’

‘La cleptis’

Algo relevante en mi lista psiquiátrica y sobre lo cual ningún médico supo jamás es que sufrí de cleptomanía. O de hecho, no sufrí, la disfruté. Padecí fue el karma que vino después.

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En realidad, fue una época peculiar. Creo que con todos los padres hay que vivir procesos de acoplamiento mutuo, ¿Cierto? Para que entiendan que uno ya es grande y comprendan que, sin necesidad de ser drogadicto(a), alcohólico(a) o promiscuo(a) (que es lo que se imaginan), uno necesita plata.

Pues, bien, mi papá, que era el del efectivo, había nacido en los treinta y poseía una mentalidad muy de esa época. A veces, hasta parecía que pensara que el dinero aún conservaba el valor de antes. Él era muy responsable. Me daba lo justo para los gastos, qué iba a imaginar que su escuincla ya andaba pensando en salir, en rumbear, en tener pareja y ese tipo de cosas. Así que, desde el bachillerato, yo prácticamente mantenía con lo del almuerzo y ya, ni una moneda más para una chocolatina.

No defiendo en absoluto mi accionar, pero decidí que necesitaba más dinero. Claro, proveniente del pantalón de mi papá, de su carro o del de mi madre, de sus nocheros, de la caja fuerte, de donde dejaran un peso mal parqueado. Mejor dicho, dinero mal habido. No estoy orgullosa, ni ellos lo estuvieron porque por supuesto que sospechaban de mí, pero es que cualquier petición monetaria que yo les hiciera debía ser fuertemente sustentada.

Robé bastante y no obstante, mi cleptomanía trascendió los límites sociales, pues empecé a hacerlo también en supermercados. Se suponía que para ahorrar o porque nunca tenía dinero en el bolsillo. Y aunque mi especialidad eran los cigarrillos (mi asquerosa adicción de entonces), también hurtaba gaseosas, dulces, pandebonos, etc. ¡Lo que fuera! Una vez, incluso, cogí unas Pringles. ¡Y ni siquiera para mí, sino para regalar! Me empecé a enviciar. Sentía que no valía la pena ir a un supermercado si no tomaba algo sin pagarlo, como si estuviera desperdiciando una valiosa oportunidad.

Es que cada robo se volvía la aventura del día, tenía un grado de peligro, ¡Era emocionante! Y así pasé alrededor de dos años. Aunque, debo reconocer que eso no era nada extraño entre mis amigos. Quizá por la edad, no sé. Varias veces me pillaron. En una de estas me llevaron a un cuarto, donde tuve que dar mis datos (falsos, claro) y obviamente pagar lo que pretendía hurtar, que eran unos ‘Mani Motos’. ¡Qué tal mi botín! ¡Hasta tierno!

Otro par sucedió en supermercado que hay por mi casa; al que, cínicamente, después seguí yendo. La primera ocasión, me mandaron a decir con una amiga, unos días después de mi osadía, que devolviera o pagara los cigarrillos que me había robado y otra me hicieron regresar, después de haber salido con mi novia de entonces, a cancelar una chocolatina —por cierto carísima— que había sacado para ella. Horrible historial y de hecho, a aquella pareja le enseñé muchos tips. Después, ya parecíamos Dick y Jane. Es que hay que reconocer que, aunque no esté orgullosa, mis tácticas eran buenas. No funcionó en ocasiones, pero yo era muy sutil. El día de los Mani Motos, por ejemplo, la falla fue que estaba con un amigo que no siguió el protocolo. Entonces, a él le pillaron una cajetilla y a mí, por ahí derecho.

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El lugar donde pasó eso tenía tres entradas y la más custodiada era la principal. Entonces, la técnica consistía en ingresar por esta, tomar lo que iba robar; que casi siempre eran cigarrillos, los cuales debía pedir en el punto de información; dar una vuelta para guardarme el botín y evacuar por otra salida no tan vigilada. En el de por mi casa también era muy fácil, sobre todo en la parte de la panadería, donde la caja duró meses dañada. Entonces, uno pedía algo, se lo entregaban empacado y podía salir como si nada. O bueno. Yo, normalmente, compraba alguna cosa. Así que me acercaba a pagar y mientras hacía todo el trabajo con la mano derecha, ocultaba la bolsa por debajo con la izquierda. Y cuando me entregaban mi paquete, cogía todo junto y nadie se percataba de lo sucedido.

El caso es que esta vida de absurda e innecesaria adrenalina, por supuesto, trajo consecuencias; pero, más que todo, energéticas. En esa época, me salían mal un montón de cosas y tenía la conciencia sucia. Entendía que necesitaba dinero; pero, definitivamente, esa no era la manera. Así que, después, opté por vender todo lo que no fuera usado en mi casa; como joyas, libros y electrodomésticos. Tampoco digo que eso haya estado bien; hasta que, mal que bien, mis papás entendieron que lo mejor era darme algo de dinero. Y cuando dejé de robar, me sentí bastante mejor. Y el karma, poco a poco, se fue alejando de mí.

Moraleja: dale plata a tus hijos.

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