#Columna: Palabras extrañas

#Columna: Palabras extrañas

Palabras extrañas       

Por Juan Manuel Rodríguez Bocanegra (@Vieleicht)

Son extrañas las palabras o, más bien, particulares y uno las va escupiendo por ahí sin darles mucha importancia. Sin entrar a analizar las unidades que componen las letras, es fácil darse cuenta de la importancia que tienen, pues permiten comunicarnos, caso contrario lo haríamos a través de gruñidos; quién sabe si funcionaríamos mejor como especie de esa manera, en fin.

Por Amador Loureiro

Volvamos a las palabras, a su rareza.  A veces me fijo en ellas, en lo cerca que están las unas de las otras.  No me refiero a su posición alfabética en el diccionario, sino que tan solo basta amputarle una letra o una tilde a alguna para que se convierta en otra. Cuando eso pasa me pregunto qué tanto tendrá que ver un significado con el otro, pues me gusta pensar que cualquier suceso, sin importar su relevancia, está conectado de extrañas maneras con todo, y que estamos inmersos en una gran maraña de asuntos y cosas que se entremezclan. Una persona para un bus en Pekín, por decir cualquier cosa, y ese simple acto afecta de alguna manera nuestras vidas, solo que no nos damos cuenta porque no somos buenos observadores de eso a lo que llamamos realidad.

Mochémosle entonces la i a la palabra tiempo y nos queda tempo.

Los de la RAE definen al tiempo como una magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, pero si uno se fija bien, más bien tiene poco de magnitud y mucho de intangible. De una u otra forma, palpable, medible o no, siempre nos hace falta. Al tempo, en cambio, le importa poco el pasado, presente o futuro, y se concentra, claro está, en la velocidad de una pieza musical, pero aventurémonos a imaginar que el tempo controla también la velocidad de los sucesos y que, como el tiempo, los mide de alguna forma.

Hagamos un ejercicio similar con la palabra ‘oído’ a la que vamos a amputarle la tilde que lleva la i, y a cambiar la posición la letra d, para ubicarla de segunda.  El resultado es odio: “Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea.”

El odio, como el tiempo, es intangible, pero es un sentimiento tan fuerte que a veces nos llena.  Para sentirlo hay que tener buen oído, ese sentido corporal que permite percibir los sonidos. Lo que quiero decir es que si sentimos odio hacia alguien, es porque esa persona, por la razón que sea, nos sonó mal.  

Suprímale usted, estimado lector, la tilde a la e en la palabra cliché y ordene las letras para obtener la palabra chicle.  Estas dos palabras, quizá, son el ejemplo más claro, pues nos encanta masticar el primero y utilizarlo a modo de formula o lugar común cada vez que podemos.

Así como esas hay muchas otras palabras: Parece/Parce, Casos/caos, Daño/año, cuyas definiciones me las imagino como caminos que seguro se cruzan en algún punto.       

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