De la plancha a la política colombiana

De la plancha a la política colombiana

A mi vecina la asesinaron gracias a la colaboración de su propia plancha. Aquel aparato eléctrico que ella usó el día de su muerte para desarrugar la camisa que soportaría las puñaladas morteras, fue cómplice del asesino. Es más, con la plancha el verdugo le propició el golpe certero que derribó a mi vecina en el mármol frío del tercer piso de su casa. Y dicen las malas lenguas de mi barrio que el asesino también intentó ahorcarla con el cable de la plancha. Este asesinato se convirtió en el mito de mi barrio, en la historia que usan los adolescentes para asustar a los niños, y peor aún, en uno de mis miedos nocturnos.

El incidente ocurrió hace varios años, cuando yo aún usaba uniforme de colegio. Al cruzar la esquina desde donde podía divisar mi casa, mis ojos se posaron en una sigla que yo nunca había visto tan cerca: C.T.I. El carro que llevaba estas siglas estaba cinco metros adelante de mi hogar frente a la casa de mi vecina. Pasé de largo frente a mi casa y me dirigí a la otra esquina de mi cuadra donde se encontraban mis amigos, pues quién mejor que ellos para ponerme al tanto de la situación. El asesino entró a la casa de mi vecina y primero se dirigió al cuarto de la empleada, le propició unas cuantas puñaladas –las necesarias para acabar con la vida de esta pobre mujer que nada tenía que ver con el asunto que venía a cobrar el verdugo– y subió al tercer piso donde se encontraba Consuelo –mi vecina–. El hombre enunció unas palabras y procedió como ya mencioné, primero con la plancha y luego con un cuchillo. Lo curioso o lo fatal del asunto es que el asesino logró salir por la portería de mi unidad.

Una vez enterada del increíble incidente caminé hacia mi hogar evitando mirar la casa donde se hallaba el cadáver. Cuando mi madre me contó su versión de los hechos no podía creerlo. Mejor dicho: los relatos de Truman Capote no se podían comparar con esta historia.

Poco a poco fui recobrando mi valentía y volví a dormir en mi cuarto. Hoy, después de tres años del asesinato, mi mejor amiga y también vecina decidió recordar el incidente y hacer bromas al respecto cuando festejábamos el cumpleaños de un vecino. Sus chistes me causaban mucha risa, luego se convirtieron en miedos que no me dejarían conciliar el sueño esa noche. Cuando me percaté de esto comencé a callarla y a decirle que doña Consuelo se vengaría de ella en la noche, pero para mi amiga eso no era una amenaza sino otro motivo de risa. Debo admitir que me reía cuando escuchaba a mi amiga decir que ella había bautizado a su plancha con el nombre Consuelo y que cuando su madre preguntaba por la empleada de la casa mi amiga respondía: “está abajo con Consuelo”. Con esta frase quería decir que la empleada estaba planchando.

Al fin logré conciliar el sueño gracias a mi madre que debido a mis suplicas accedió a dormir conmigo. Así que mi madre me libró de uno de mis temores, y a la vez dio paso a una terrible reflexión: ¿quién me librará de mis temores contemporáneos?, ¿de esos hechos temerosos que nadie podrá evitar? Hablo del miedo que se apodera de mí cuando pienso en la posible reelección de Gaviria, o cuando prendo el televisor y me doy cuenta de que la prioridad de los políticos de mi país es organizar discursos en contra del presidente, como si pensar –¡por lo menos pensar!– en una posible solución a la situación de los desplazados no fuera más importante que enfrascarse en discusiones necias donde tanto los críticos como el presidente logran robar cámara durante una semana en todos los noticieros; me produce mucho miedo darme cuenta que la política en mi país es un enfrentamiento de poderes, no un ejercicio que plantee soluciones para los problemas de una nación, y me produce pánico saber que en este país aún no se ha realizado un intercambio humanitario.

Y mi miedo más grande consiste en que mi mamá no podrá aplacar esos temores que se apoderan de mi cabeza, pues incluso ella teme por lo mismo.

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