Democratizar el miedo

Democratizar el miedo

El miedo es con lo único que contamos. Y que lo diga nuestro Presidente. Gracias a este gobierno, la actual agenda política obtiene una legitimación emocional. ¿No es acaso el miedo un elemento en el que se fraguan las estrategias de defensa que terminamos pagando al más alto precio?Se ha hecho del miedo algo políticamente rentable. No tiene que ver ni siquiera con aquel sentimiento pavoroso de quien duerme bajo un puente teniendo como vecino cualquier transeúnte de ignorada reputación, y ni siquiera el espanto de no tener otro mañana que la resignación de una moneda a cambio de actos innombrables. No; se trata de un miedo abstracto, de un miedo mediático que pasa por un enemigo caricaturizado, que cobra víctimas claro, pero que el ciudadano promedio no siente, en tanto se trata de una figura alejada de la conciencia colectiva.

Hace cincuenta años venimos padeciendo los horrores de los actores del conflicto, con la tinta de la mutilación y la depravación se ha escrito la historia de la violencia en Colombia; sin embargo esto no ha sido suficiente para que nos hablen con la verdad, y el miedo que se siente es artificial, arte decorativo para las masas que en su transparencia beligerante, acomete con su voto de confianza en las encuestas y en las urnas, obedeciendo al miedo, consumiendo pavor para aspirar a ser resarcidos con favores lejanos.

Estar seguros en la democracia no es cuestión de puro pragmatismo, y esto lo confirma lo nocivo que resultan las exportaciones de la libertad, tipo guerra en Irak. El problema es que la seguridad es un complejo de garantías para el país, no solamente se trata de contar con la infraestructura militar para afrontar un conflicto bélico, sino de un programa de fortaleza institucional en el que se asegure la supremacía del Estado social de derecho como marco de la confrontación.

Si la política de seguridad democrática coloca el miedo como el elemento psicológico para su viabilidad y justificación política, mínimo habría que democratizarlo, reforzando los controles institucionales para saber en qué consiste la confrontación, porque una cosa son los datos oficiales del gobierno y otra lo que informan los organismos internacionales; las balas se desvían, cobran víctimas imprevistas y no parece que sea estrictamente por errores tácticos. Si se va a permanecer en la zozobra, las autoridades están el obligación de una avanzada pedagógica, una especie de auditoria social del conflicto, pero que no sigan ‘metiendo gato por liebre’ para presentar amañadamente la realidad.

Enemigos que defienden, aliados que destruyen… ¿A quién hay que temer? Por lo visto no importa, con tal de apoyar una política.

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