Dolor e incertidumbre Divino

Dolor e incertidumbre Divino

Por aquellos días Dios no estaba durmiendo bien. Nunca se había levantado con dolores en el cuello, menos asustado por un sueño que estaba acostumbrado a ver en la realidad de las cámaras de todo el Paraíso. No era sábado ni viernes, era martes, así que los nuevos inmigrantes serían pocos. Algo lo aquejaba además de su dolor, pero el solo pensamiento de saber que no era día de farra, le bastó para obviar por unas horas lo que estaba sintiendo. Cerca del medio día, una gran fila humana se hizo por toda la carretera blanca cerca del portón. Sin embargo, todos los ángeles sabían que era poco el trabajo. Dios anunció: “No vayan a abrir la puerta todavía”.

Era evidente que ese no era su día. Por primera vez, lo empezaba a azotar una incertidumbre mortal, además del insoportable dolor que no lo dejaba en paz en su reino de ángeles. A cada instante se paraba del mueble, marchando en un pequeño lote de mosaicos blancos como las nubes que adornaban su reino, tratando de salir de la duda. Comentaba varias veces en silencio:

-Ya intercedí aquí, también allá, y ayer ayudé a los enfermos. ¿Se me habrá olvidado algo?

Al cabo de dos horas las puertas se abrieron. Los visitantes, en su gran mayoría, eran enfermos de las tierras de Isnala, que por alguna dolencia o capricho de Severo Zúñiga, habían caído en ese coladero de muertos dignos. A todos los despacharon rápidamente a sus habitaciones, no sin antes repetir la regla número uno que aparecía escrita en todas las paredes: “Favor permanecer las veinticuatro horas en silencio”. El Todopoderoso también se fue a su lecho después de medianoche, sudoroso y cansado, con la duda ya desaparecida. Al día siguiente, la incertidumbre le volvió a taladrar la tranquilidad, y para asegurarse de que todo estaba a la perfección, monitoreó todas las habitaciones con más precaución, revisó las últimas listas de ingresos, y mandó a limpiar todo el territorio a la hora del descanso. No encontró nada irregular, de todos modos, ordenó a sus ángeles vigilar los millones de metros que hay en el cielo, hasta detrás de las puertas de cada habitación, porque estaba plenamente convencido de que algo nocivo iba a suceder. En la noche se volvió a acostar quedándose casi muerto en su zozobra.

Tiempo después recibió una carta con un DVD sin nombre ni carátula. Lo puso en el reproductor y algo terrible vio. Su dolor de cuello lo volvió a ver plasmado en la pantalla, en primer plano, de modo que no dudó en temblar como los miles de ancianos que estaba acostumbrado a recibir. Salió de su cuarto despavorido, con la evidencia de sus acciones matutinas guardadas en el platillo de plástico, impacientado porque puso en duda su condición de todopoderoso. Por primera vez cerró la puerta durísimo en la plena tranquilidad de su enorme mansión.

Luego despertó sin dolencia, y sin DVD en la mano, gritando: ¿Quién diablos cerró la puerta tan duro?

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