Un bebé en apuros

Un bebé en apuros

Antes de nacer, ya quería morir. Mi madre rezaba. Ella le pedía al ser supremo por mi vida en la tierra. Yo la escuchaba y, aún así, no quería salir. Me acomodé de tal manera que mis pies salieran primero. Las contracciones trabajaban para expulsarme a la luz, a las bestias. Antes de ver alguna cara, antes de escuchar alguna explicación sobre la vida, antes de ser comparada con aquellos que están fuera de mi realidad… antes de ser criticada por mis semejantes… ya quería morir.

Mi madre interrogaba histéricamente a las enfermeras. ¿Por qué no nace? El doctor empezó a examinar su protuberante vientre. Mis ojos se dilataron. Sentí una mano tocándome los pies. Un fuerte asco debutó en mis pequeñas neuronas y se expandió por toda mi circulación sanguínea. Cogí mi cordón umbilical. Lo enrollé en mi cuello. Estaba cansada pero mi mano no temblaba. Las lágrimas de mi madre devenían más tormentosas para mi pequeño espíritu.

Sentí que mis pies estaban siendo tirados desde el exterior. Un instante de silencio. Todos corrían. El doctor se dio cuenta del pequeño problema. Mi cabeza no estaba en su lugar. Nos llevaron a otra sala y escuché ruidos de máquinas aparecer. Mi sentido me decía que había más voces que de costumbre. Mi madre estaba dormida. Lo sabía porque ya no oía sus alaridos y porque sus órganos expulsaban dopamina. La punta de un bisturí en el vientre iba de un lado a otro. Cerré los ojos. ¡NACÍ!, sentada y con la cabeza en alto. No lloré. No podía, pues nací con un nudo en la garganta.

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