En la ciudad de las tierras y las sombras

En la ciudad de las tierras y las sombras

EN LA CIUDAD DE LAS TIERRAS Y LAS SOMBRAS

“Esta es una película humana y necesaria que toca temas importantes. Apunta a construir una forma más poética y espero que el espectador salga con más preguntas que respuestas” Estas son las palabras de César Augusto Acevedo, director y guionista de “La tierra y la sombra” la primera y única película colombiana en recibir la Cámara de Oro en el Festival de Cine de Cannes, el  más importante del mundo.

Durante 97 minutos el espectador se encuentra con un testimonio de profundas problemáticas familiares, sociales, laborales y de género, sin caer nunca en el discurso panfletario. “Creo en el poder de la imagen, me interesa el cine poético. Hacer eco de manera sutil. Buscar un sentido más profundo” asegura su director.

Desde la impecable puesta en escena hasta las elecciones en el sonido de su ópera prima, que se ha llevado la ovación de la crítica mundial, estuvieron milimétricamente decididas.

“No utilicé música incidental para no manipular al espectador. Ya hay suficiente drama en la historia como para agregarle más. Este diseño sonoro ayuda a crear una atmósfera de vacío. La familia descubre que no se pueden hablar a través de las palabras. Por eso, se deben velar las pasiones internas a través de la imagen”.  Tal vez por eso, y gracias a la ausencia del elemento musical, el ritmo de la historia lo lleva a cuesta la respiración cansada, dificultosa del hijo, quien nos anuncia un dolor propio de aquel que ha trabajado la caña y su quema acabó con sus pulmones.

De esta manera, Acevedo nos plantea su posición crítica frente a “esta idea falsa de progreso que ha acabado con la naturaleza” Para él, los caleños  “nos encontramos frente a un siglo de identidad cultural de este pueblo” rodeados con paisajes propios del Valle del Cauca: cañaduzales vivos con hojas “que cortan como navajas”, cañaduzales ardientes que nos envuelven en humo y asfixian hasta al espectador. Sí. Así como el humor en la pantalla hace reír al público, en este caso “La tierra y la sombra” es una película que te cierra las vías respiratorias y te obliga a toser.

Desde la primera escena nos encontramos expuestos al polvo levantado por un camión a alta velocidad transitando un camino que parece de la época de la colonia. Y así es. Esta película nos ubica en las condiciones de miseria y abandono de quienes habitan nuestro campo.

“Buscaba mostrar la valentía y lucha de los corteros del Valle del Cauca” que deben enfrentarse a jornadas de trabajo extenuantes y bajo condiciones fatales, con un Estado ausente y jefes inexistentes pero poderosos. El cortero se enferma, se quema, se apaga y su familia debe asumir su labor. Las mujeres de la casa (su madre anciana y su esposa resignada) se levantan para ocupar su lugar. Enfrentarse a una naturaleza agreste, luchando contras sus propias limitaciones físicas, por mantener a flote la familia, mientras el hombre, antes fuerte, sobrevive a su enfermedad laboral. La naturaleza sobreexplotada por el ser humano es lo que enferma a quienes la trabajan. “Soy un admirador de la fuerza de las mujeres” concluye César Acevedo.

Es en este punto donde se recurre al abuelo, el miembro de la familia que se ha autoexiliado hace años y que ahora debe regresar a la casa de la que huyó, para hacerse cargo del cuidado de su nieto, su hijo enfermo y las labores domésticas. Una inversión de papeles. Una reorganización de los roles y funciones. El viejo debe enfrentarse a una familia que lo resiente pero lo necesita. Lo veremos con su escoba barrer las cenizas que deja la quema de caña como queriendo limpiar a su hijo por dentro.

Entendemos que, en  su búsqueda personal, pretende abrir las puertas y ventanas clausuradas por una abuela cercana a la Bernarda Alba de Federico García Lorca, acercar a su nieto a la alegría y libertad de una cometa colorida  que rompe con la monotonía y desesperanza de esta familia campesina clavada en la mitad de la nada, rodeada de caña, caña viva, caña en quema, caña en ceniza ennegreciendo la piel de la abuela, caña en los ojos, caña quemada que mata los pulmones… Caña que asfixia.

Para lograr este impactante relato, el director se tomó siete años de su corta vida. Desde siempre escribió este guion. A los 20 años ya tenía la primera versión. Fue su tesis de grado (laureada, por supuesto) como Comunicador Social y Periodista de la Universidad del Valle.

Un guion que cuenta su propia historia. Una forma de fraguar la soledad por la muerte de su madre. Un modo de sanar heridas y tomar distancia enajenando los relatos de vida. Una manera de exorcizar aquellos recuerdos y vacíos propios de las estirpes rotas. La única salida era presentar una familia en silencio porque “todo había desaparecido por sus ausencias”.

Un guion que se abre espacio entre cañaduzales, con un sentimiento de pérdida heredado. Una historia que demuestra “el sacrificio y abnegación de las mujeres” según el propio director. Que nos enseña que “en el Valle nos resignamos y aceptamos esta falsa idea de progreso, por lo que debemos rescatar el sentimiento heroico de las personas del campo”.

Una película caleña, colombiana, latinoamericana elegida entre 1.200 largometrajes de todo el planeta, ganadora de la Cámara de Oro, el Premio SACD, el France 4 Visionary Award y Le Grand Rail D´Or en la Semana de la Crítica del Festival de Cine de Cannes 2015 merece pasar a nuestra historia también como la más taquillera. En definitiva, el cine, este cine, nos compete a todos.

 

Reseña escrita por Paola Burgos Quintero  @paolaburgosq

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