#Reseña La Isla Mínima

#Reseña La Isla Mínima

la isla mínima

Voy al cine por varias razones. Casi siempre me motiva un comentario, una imagen o un buen tráiler. Ya cuando estoy en la sala frente a la pantalla, lo importante es que la historia me atrape y no me deje respirar. Son geniales las que tienen una fotografía que explore la belleza del paisaje o la creatividad de las locaciones. Si, tiene diálogos sagaces, inteligentes y divertidos, bienvenidos.

Para mí, las mejores películas son las que hacen crítica social. Pero es difícil, dificilísimo encontrar todos mis caprichos en una. Sin embargo, de vez en vez, pasa. Un ejemplo es la película española la “Isla Mínima”, del director Alberto Rodríguez, filmada en 2014 y estrenada hace un par de semana en nuestra ciudad.

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Los personajes principales son dos policías que viven de motivaciones diferentes en un mundo que ha cambiado y al que deben acoplarse. Su llegada a la provincia tras un caso de dos chicas desaparecidas ha sido una especie de castigo para ambos.

Pedro Suárez (Raúl Arévalo) es enviado a la provincia por atreverse a refutar la autoridad de una General, símbolo del poder y baluarte de la dictadura venida a menos. Por su parte, Juan Robles (Javier Gutiérrez) es un investigador vinculado con la policía política del régimen, actor en actos de represión violentos contra los estudiantes; situación que los persigue y no le permite tranquilidad, al punto que se ve impedido a conciliar el sueño y a padecer una penosa enfermedad.

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Lo primero que sorprende de la historia es lo bien que se desarrolla no sólo en su problemática policiaca sino en los referentes históricos: la lucha de los obreros, el tráfico de drogas, la desilusión de la juventud atrapada en una realidad. Todos los anteriores, anclados, en uno de los grandes referentes históricos de la España del siglo XX: la transición de la dictadura militar fascista a la vida democrática: telón de fondo de la historia y que revela las heridas que perduran en los ciudadanos y en sus instituciones.

Ya en el campo, los detectives, se encuentran con la ejecución de varias señoritas, por un presunto asesino en serie, lo que los lleva a tomar todo tipo de medidas con el fin de encontrar al responsable. Si bien ellos reciben ayuda por parte de otros personajes y ponen en prácticas sus argucias y estrategias, es visible que la violencia hace parte de su accionar, situación que los pone no sólo en el límite de la legalidad sino de la moralidad. A lo largo de la obra se encuentran pitonisas, vagos, obreros, sindicalistas, gigolos y traficantes de heroína que describen una sociedad convulsa en medio de unos cambios que afectan las estructuras políticas, económicas y sociales.

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La historia termina con un giro inesperado que deja al espectador con los pelos de punta. Lo más interesante es ver cómo Pedro termina siendo enterado de la oscura historia de su compañero y como demuestra su valía al entender que las circunstancias del pasado se dieron en contextos diferentes y que la relevancia de una condena a dichos actos es inocua puesto lo que requiere la sociedad es el perdón. Una obra que fuera de divertir, da vía libre a los debates sobre la responsabilidad, el crimen, el perdón y la justicia que necesita nuestro país.

 

Escrito por Felipe París   @felipe_paris

 

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