Apnea

Apnea

Ilustración: Mateo Aguirre "Guareo"

Lo que ha sido una forma de tortura para algunos y un deporte para otros, se ha convertido en una pasión para mí: estar bajo el agua sin respirar. A esto se le denomina apnea subacuática y se puede practicar en piscinas, lagos, ríos y por supuesto, en el mar.  

Todos los días, cuando el sol llega a la mitad del cielo y la gente va a almorzar, yo voy a una piscina. Tras unos cuantos recorridos (“laps”) de calentamiento, empiezo el verdadero entreno; disminuyo el ritmo de los latidos del corazón mediante respiración profunda. Relajo el cuerpo, las pulsaciones y la mente, comienzo a nadar bajo el agua, distancias de 30 a 50 metros, saliendo a la superficie para respirar solo por unos segundos, para volver a zambullirme; una y otra vez, hasta completar una hora de inmersiones.

El agua fresca, el sol picante y la luz que se refleja en el fondo y en la superficie, hacen que la práctica sea todo un placer. El cuerpo se desplaza lentamente a una profundidad intermedia, entre el fondo y la superficie, en un vuelo acuático. El agua misma indica cuándo y dónde hacer mayor fuerza para lograr mejor rendimiento en el desplazamiento, teniendo en cuenta desde las palmas de las manos hasta las plantas de los pies. La mente se relaja cada vez más, la concentración se incrementa y se llega a sentir que se puede nadar eternamente sin respirar.

Cuando hay oportunidad de ir al mar, sea el Atlántico de los siete colores y amplia variedad de corales o el Pacífico, con su fauna agigantada –mantas, delfines, meros, tortugas, atunes, pargos, tiburones y hasta  ballenas Yubartas-, la experiencia de la apnea es como volver al vientre de la madre tierra. La profundidad nos sorprende con criaturas que parecen salidas de ciencia ficción. Todo es calma y misterio en el azul profundo. El buzo apneísta (Skin Diver) logra hacerse al medio como una bestia mas, sólo con sus pulmones, unas aletas y una careta. Al no llevar los equipos voluminosos de un buzo con tanque (Scuba Diver) y al no hacer burbujas  -lo que suele espantar la fauna-, logra acercarse más a los peces, llegando a veces a acariciarlos.

Una inmersión a pulmón libre en el mar, es zambullirse al ver una manta raya, escuchar el canto de las ballenas, pasar al lado de un mero o de un pargo gigante, meterse dentro de un cardumen de jureles (o atunes), encontrarse con una tortuga y quedarse viéndola a los ojos, cara a cara, varios segundos, luego ascender lentamente, mirando el espejo que hace la superficie del agua, la luz del sol que se refleja en ella. Son dos o tres minutos, según la capacidad de la persona. De cualquier manera, son minutos eternos, de paz, visiones y euforia en calma de naturaleza marina.

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