“Mesa que más aplauda… Le mando la tusa”

Después de un par de Martinis y con el tercero en la mano, me logro concentrar mejor en mi cacería para esa noche. Tristemente, nada interesante para el rato.

No soy mejor ni peor que ellas porque deseo
de corazón vivir una historia con alguien.
Quiero las borracheras, las canciones y
las horas esperando a que me llamen.

Como en todas las cosas de la vida, “el que busca encuentra”. Incluso si hablamos de tusas. Existe un particular grupo humano al que pertenecen los adictos al despecho: niñas y niños que con enorme naturalidad pasan de pareja en pareja dejando una marca acumulativa en sus vidas, y en quienes aguantaron una y otra vez sus historias.

Después de un par de Martinis y con el tercero en la mano, me logro concentrar mejor en mi cacería para esa noche. Tristemente, nada interesante para el rato. Algo desilusionado empiezo a estudiar a varios personajes del sitio para distraerme un poco.

Tipilla 1. Más cerca de lo esperado hallo el primer espécimen adicto, mi mejor amiga Lulú. Ella es sin lugar a dudas una incansable buscadora de tusas. Repentinamente se le escucha decir “encontré el amor de mi vida”. Pasa cada día con un radar natural en busca de hombres que con plena certeza la ‘entusan’. Se encuentra bailando eufórica y con los brazos levantados. De repente, se congela y voltea a mirarme con ojos de complicidad. Encontró un nuevo amor. Próximamente una nueva historia, una nueva borrachera y un par de coros adicionales a la lista “ésta es mi canción” del iPod de nuestra amistad.

Tipilla 2. Desviando la mirada a la derecha me topo con una niña con la cara pegada a su mesa y un par de amigas atusándola. La diagnostico como una adicta social, sólo cuando se emborracha.

Tipilla 3. De la lastimosa situación anterior, veo a lo lejos a un man en un estado un poco más decente pero igual “llevado”. Una chica se le acerca y, por el comportamiento de ambos, deduzco que se conocen. Ella se acerca más y más a su cara buscando un beso. Él se resiste y trata de apartarla. Tras repetir la escena más de cinco veces (¡¡lo juro!!) por fin logra ‘entucarse’ al pobre ebrio. Con seguridad mañana le reprochará que no recuerde el episodio e insistirá entre sus amistades que todos la cogen de “destrabe”.

Tipilla 4. Finalmente me encuentro a la borrachona dichosa porque acaba de superar su más reciente tusa. Está parada en un asiento con la botella empinada sobre su boca, tras enderezarla se limpia la boca como todo un camionero y grita, pretendiendo un canto, “¡ay! Nuestro amor se acabó. Por mi búscate…”. Poco después, y por esos chanfles del crossover, su cara se desfigura y una vez más el licor es saboreado cuando Maelo Ruiz entona “te va a doler” y recuerda a su ex que la ‘cachoneó’.

Cuando vuelvo a concentrarme en mí mismo, me doy cuenta que he tomado ya otro par de cocktails. Sigo estando solo y aburrido. Una vez más reflexiono en las situaciones que acabo de ver y me doy cuenta de que a pesar de todo, están pasándola mejor que yo. ¡Al menos la pasan! En ese preciso instante me doy cuenta que quiero ‘entusarme’. No soy mejor ni peor que ellas porque deseo de corazón vivir una historia con alguien. Quiero las borracheras, las canciones y las horas esperando a que me llamen. En cierta medida todos llegamos a disfrutar esa parte de nuestro humano masoquismo y por eso lo repetimos una y otra vez. Quien diga que no se ha terminado por gozar una tusa, está mintiendo. Finalmente ha llegado el momento de gritar a los cuatro vientos ¡QUE VIVAN LAS TUSAS! Y armar parches para buscarlas y caer en todos los bares de la ciudad. Los adictos somos todos.

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