#Temática: Mis casi treinta

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mis casi 30

Mis casi treinta

Aprendiendo a vivir

¿Tusa? Tusa que te digan señora, cuando te crees de quince. Y es que a los quince años no era consciente del maravilloso mundo en el que vivía. Ahora entrada en los casi treinta, me doy cuenta que en realidad extraño los “Jean Day” y “las semanas deportivas” del colegio. ¡Ah, pero vida verraca!, no tengo moral para lamentarme, si desde noveno quería graduarme, tener cédula a los 16, ingresar a la universidad, encontrar el trabajo perfecto, casarme, tener libertad financiera y viajar por el mundo. Aunque probablemente esos deseos no estén tan lejos de mi realidad actual.

Con suerte, mi primer logro después de conseguir la tan anhelada cédula, fue encontrar cuatro codeudores con propiedad raíz para firmar un pagaré eterno en el ICETEX, corriendo un alto riesgo de quedar reportada en Datacrédito por desertar de la ingeniería que escogió mi tía, la solterona, cuando me vio buscando algoritmos en páginas web con tres W y el número 30 en romanos.

Pero vaya, vaya, qué sorpresa al ver que nada es color rosa. Al dejar el colegio me enfrenté a la tusa de mis amigos, los mismos que juraron contacto eterno, tanto así que aún conservo la camiseta firmada en la que me condenaron a vivir entusada y escribieron: “nunca cambies y TQM”.

No es rosa, pero es una buena vida

Ahora, en el mundo real, entiendo que todo tenía sentido, comprendo porqué mi mamá vivía en el trabajo y llegaba cada noche de visita a la casa. En ocasiones me decepciono al ver que mi empleo soñado no es tan prodigioso como pensaba, se deben cumplir horarios y no aceptan un “estaba lloviendo” como excusa de retraso; mi mamá ya no me salva cuando tengo que ir descargos, ni firma los memos por mí, y probablemente ahora no le pueda echar la culpa a mi jefe por mi bajo rendimiento laboral, ni puedo hacer ´chancuco´ en los informes del mes.

Los afortunados que tuvieron quién les enseñara límites y disciplina, sabrán que sus padres no los querían volver locos y que, aunque tengan un tatuaje de chancla en la espalda, todo pudo ser peor; entenderán que bailar obligado con los abuelos les enseñó el valor de la paciencia, los blindó ante el ridículo y de paso los convirtió en expertos de los boleros.

Si alguno ya se casó, sabrá que él no es su Romeo, ni ella su Julieta las 24 horas del día, que el divorcio sale más caro que el matrimonio y que en ocasiones los hijos dejan de ser propios para ser compartidos. Con mi maternidad entendí porqué la señora del centro comercial le jalaba las orejas al niño ‘berrinchudo’, me hice una experta en la clasificación del llanto y mi sueño dejó de ser pesado para estar alerta ante cualquier murmullo.

Relevancia a lo realmente importante

En mis casi treinta entendí que estuve haciendo todo mal. Repetir la ropa ahora es normal, pues le doy menos crédito a las apreciaciones ajenas sobre mí. Llegando a mis casi treinta, el brazo de tía dejó de ser un mito y el agua de perejil ya no me sirve para adelgazar. Aprecio los sábados sin rumba debajo de las sábanas, pues soy consciente que el guayabo aumenta con las décadas y ahora me dura tres días.

Lo bonito de tener casi treinta es que los abuelos aún me llaman niña. Tengo libertad y solo le consulto las decisiones a mi billetera. Después de leer muchos libros de Walter Riso, alcancé un alto grado de madurez, ahora sé exactamente lo que quiero, vivo con más tranquilidad y menos afán. Y sin duda alguna, lo mejor de adentrarme en los treinta es que los disfruto como los veinte, pero con plata, ¡mucha plata! Bueno, la que me sobra del mínimo después de pagar el ICETEX, el Datacrédito, la luz, Internet, ortodoncia, recargar la tarjeta del MIO y comerme una que otra salchipapa.

 

 

Escrito Por: Yulieth Ruiz.

Ilustración Por: Alejandro Zapata Rivas.

 

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