Juan Manuel Rodríguez Bocanegra @Vieleicht

Uno de los planes preferidos de Camila Riva es visitar librerías. No le importa hacerlo sin tener un solo peso en los bolsillos, pues el solo hecho de hojear y antojarse de libros le es suficiente. Algunas personas cercanas le dicen que eso no tiene sentido alguno y que es una actividad más bien masoquista.

Riva siempre evalúa bien los comentarios que recibe, pues cree que podría considerar como enemigos a las personas que la critican por eso. “Hay que tener cuidado de quienes desprecian aquello que amamos”, piensa.

¿Por qué lo hace? Cree que, de alguna forma, esas visitas a las librerías le sirven para tener presente su mortalidad en, digamos, términos de lectura, es decir, para ser consciente de que la vida, que a la larga no es más que un puñado de años, no le basta para leer todo lo que quisiera o cree que necesita.

La escena se repite de nuevo. Ahí está otra vez en su templo favorito. Apenas entra, lo primero que hace es escanear el lugar con la mirada para ver estanterías, una tras otra, atiborradas de libros. A punta de instinto se dirige hacia una de ellas a paso rápido, con algo de angustia, como si su vida dependiera de entrar en contacto con las obras de autores conocidos y desconocidos.

Camina de prisa por un pasillo. Un título de Italo Calvino la hace frenar en seco. A modo de acto reflejo extrae el libro de la estantería, lo sostiene un par de segundos, como si tratara de averiguar su peso y luego lee un párrafo de la contraportada:

“Para mi padre las palabras debían servir para confirmar las cosas, y como señal de posesión; para mí eran previsión de cosas apenas entrevistas, no poseídas, supuestas”.

Imagina que la frase tiene una verdad escondida, así que la relee varias veces.

A su derecha “Fuera de la literatura”, de Joseph Conrad, le hace un guiño. Riva siente un cosquilleo en las manos. Se da cuenta de eso porque la derecha dejó de sostener el libro y tiene la intención de sacar la billetera para averiguar cuanta plata tiene.

Cuando Riva retoma plena consciencia de la situación, ya se encuentra en la fila para pagar, con el libro de Calvino, el de Conrad y otro más que se le cruzó en su camino hacia el punto de pago.

Cree que no debería comprar más libros, pues aún tiene muchos en cola de espera en la biblioteca de su casa. “Quizá –piensa Riva mientras hace la fila para pagar–, esa compulsión por comprar libros se debe a que, de forma inconsciente, sé que en ellos se encuentra la solución a los problemas de mi vida”.

Siempre intenta mantener a raya su instinto comprador, pero algunas veces cede a la tentación y se lleva uno o más libros, sin importar los que todavía no ha leído.
Por eso le gusta el término Antibiblioteca del escritor Nassim Taleb, que argumenta que los libros no leídos son más importantes que los leídos.

Humberto Eco, por ejemplo, contaba con una biblioteca compuesta por alrededor de 50.000 libros, 30.000 en su apartamento en Milán y 20.000 en su casa de vacaciones. El escritor italiano sabía que la vida no le iba a alcanzar para leerlos todos.

Taleb dice que el fin de una librería personal no es mostrarse como un intelectual, ni ufanarse de la cantidad de libros con los que se cuenta ni cuantos se han leído, sino que su fin primordial es servir como herramienta de investigación.

Por eso Riva cree que no hay problema con tener libros sin leer. Además, como leyó alguna vez, leer y comprar libros son actividades independientes.