Un día de las velitas bastante nostálgico

Por: Óscar Mauricio Castro

Si alguna vez te preguntas qué es lo que más extraña un emigrante colombiano al estar fuera de casa, inicialmente, sabrás que extraña a su familia. Pero además, la navidad es una de esas fechas que también calan fuerte en el corazón de estas personas, especialmente si no están residiendo en un país latino; digo, al menos en los países latinos la cercanía entre vecinos y colegas se siente muy similar a lo que sucede en nuestro país.

Pero bueno, esta será mi primera noche de velitas en un país en el hemisferio norte, considerado de primer mundo y, para estas fechas, ¡MUY FRÍO!

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Hablo de Canadá, más específicamente de un pueblo de no mas de 90.000 personas al norte de Quebec llamado Chicoutimi. Como muchos colombianos, vine por una beca de estudios, aplicando lo que aprendí en los grupos de investigación de mi universidad. Y por esos azares de la vida, soy el único colombiano de la universidad.

A ninguno de mis amigos latinoamericanos le emocionó la idea de encender velitas de noche y escuchar algunos vallenatos mientras comemos alguno que otro buñuelo. Eso sí, la mezcla para preparar buñuelos que traje de mi último viaje a Colombia aún no se ha echado a perder.

Pero bueno, acá estoy en mi pensión de estudiantes, mirando a través de la ventana mientras espero que llegue el soldador del pueblo a solucionar la rotura de un tubo que, de no ser arreglada antes de que oscurezca, nos obligará a salir de la casa. Para hacer mi noche aún más interesante, el pronóstico de tiempo indica que habrá nevada hoy… Por cierto, si alguna vez añoras pasar una navidad con nieve, olvídalo. En las películas de navidad no te explican que una nevada significa quedarte encerrado en tu casa y no hacer nada más que comer y dormir.

Mientras transcurría la noche, solo podía recordar algunos flashbacks de mi casa, donde los vecinos nos llevaban natilla a cambio de los deliciosos tamales que lograba conseguir mi padre del mercado central; ahora que lo pienso, creo que mi papá gastaba más de lo que recibía, sin embargo, como él mismo dijo: “Si usted va a regalar algo no espere nada a cambio, hágalo por gusto”. Tal vez la vida de estudiante me ha dado la habilidad de ahorrar lo máximo posible, pues en mi cabeza aún gasto en pesos.

Regresé a mi pensamiento de querer encender velitas y convidar a alguno de mis amigos europeos de la casa. La mayoría desistió debido a que no profesan el catolicismo, e incluso algunos me tildaron de aburrido; solo una chica de España me comentó que le gustaría acompañarme, pero que dejara atrás mi cruzada nostálgica ya que el material de la casa lo imposibilitaba, ya que estaba totalmente construida en madera, lo que ocasionaría un incendio en caso de no controlar la llama de las velas. También estaba el tema de los detectores de humo, los cuales, al activarse, harían pasar una mala tarde a todos mis compañeros extranjeros de la pensión. Así que de esta manera mi ilusión de encender velitas estaba prácticamente enterrada.

Esperé alrededor de dos horas en la sala de la pensión la llegada del soldador. Nuevamente reflexionando, el hecho de que estuviera sentado esperando al señor me hizo pensar que, al ser el único colombiano de la casa, todos me vieron como el indicado para recibirlo. Bueno, no quiero sobrepensar.

El soldador llegó disculpándose por la tardanza, algo clásico en el mundo latino. Me preguntó en dónde quedaba la caldera principal, lo acompañé al sótano donde se encontraba todo el mando central, y muy rápidamente abrió la puerta del mismo. Por lo concentrado que estaba dándole las indicaciones de la mejor manera, había olvidado que él era colombiano. No recuerdo muy bien su acento, pero sí recuerdo que toda frase la terminaba con la palabra “veci”. Le dije:

“Oiga hermano, ¿usted va a prender velitas hoy?”

El hombre, riéndose mientras aplicaba un poco de soldadura a una fuga, me respondió:

“Hombre, por el clima no puedo afuera, dentro de la casa se me quema por el material, entonces yo lo que hago es prender estas lamparitas y tomarme una cerveza. Ahora que lo pregunta, tengo un poquito de natilla en una coca que me mandó mi esposa, si quiere prendemos una de las lamparitas y comemos un poco para que se le pase la nostalgia”.

Mi alegría volvió a aparecer, y sin pensarlo le respondí:

“Avíseme cuando termine y vamos a comerla afuera, yo pongo las cervezas”.

El hombre tardó diez minutos más en soldar los tubos, y le pagué con el dinero que habíamos recogido para el mantenimiento. Luego, nos dirigimos hacia el frente de la casa, donde había un pequeño portón de madera.

El soldador sacó una pequeña coca y cortó por la mitad la natilla que tenía forma cuadrada, mientras tanto, yo le pasé una cerveza. El hombre sacó de su maleta una pequeña lampara en forma de vela, no más grande que la palma de la mano. Y antes de agradecerle por el detalle de la natilla, le pregunté si podía colocar una canción mientras nos tomábamos la cerveza.

El soldador solo me dijo:

“Hágale, si puede poner algo de navidad, de una, eso sí, no ponga nada triste que mi trabajo todavía no acaba”.

Puse Las cuatro fiestas de Diomedes Díaz, una tradición en mi región de la costa, donde se prenden velitas en la madrugada para iniciar oficialmente la temporada navideña.

Y así, a -10 grados con cerveza al clima, osea ¡helada!, escuchando Diomedes Díaz mientras veíamos una pequeña lamparita en forma de vela, pude combatir un poco la nostalgia.

Me despedí del soldador dándole las gracias y deseándole un feliz día de las velitas a él y a su familia, e inmediatamente ingresé a mi casa.

En el frío exterior, a esa temperatura, tu cuerpo aguanta máximo quince minutos, así que fue un momento bastante corto.

Ya dentro de mi casa, mi amiga española solo se reía y me decía: “Coño… si para prender velas en la calle tenías que ingerir alcohol y colocar música, ¡pues me hubieses dicho!  Yo pensé que buscabas gente para rezar un rosario en la calle”.

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