#Columna: El más sublime silencio

#Columna: El más sublime silencio

El más sublime silencio

Escucha las campanadas que, de lejos, le llaman. Así lo siente, pero están muy cerca. El sonido le llega adormilado. Tanto que sueña y tan fácil que se despierta. Antes no era así. De joven, podía descansar al lado de una locomotora. Eso es lo que ve cuando duerme: que es joven de nuevo, que está en el seminario, que juega baloncesto.

Abre los ojos y como siempre, lo primero que encuentra es el crucifijo en la pared delante de su cama. Lo mira. “Señor, ¿cuándo te conoceré?”, piensa y de inmediato, se le hace un nudo en la garganta. “Como se sienten de nítidas las emociones, a pesar de los años”, reflexiona y se levanta pesadamente. La misa empieza en media hora. Tan solo ha sido una siesta. Aún no ha muerto, pero casi porque constantemente, se queda dormido sin darse cuenta; como un bebé.

Abre el armario, saca el alba, la estola, el cíngulo. El diácono le mantiene el vestuario listo y organizado. Se lo pone, paso a paso, como un ritual. Se mira en el espejo de la pared. Entonces, de nuevo es él. El padre José Manuel ha vuelto. Es que, si no es el padre, ¿Quién es?

Nota que no deja de abrir y cerrar la boca. Parece una marioneta en plena función. Pero, no dice nada. La cierra. Vuelven las campanadas. Ya faltan quince. Justo el tiempo que se toma en atravesar, a paso lento, la casa cural hasta llegar a la iglesia de San Expedito, con la que colinda. Cuando estas vuelven a sonar, son las ocho de la noche y él, puntual, cruza la puertecilla de la iglesia que da justo al altar. Ahí lo esperan el diácono, las señoras voluntarias que ayudan en la iglesia, los músicos ad-honorem y por supuesto, los feligreses; que, extrañamente, esta vez abundan: en promedio, uno por banca (teniendo en cuenta que el espacio es bastante grande).

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes. Amén.

Su voz es débil, pero la mirada la tiene puesta en las personas que responden a sus oraciones; cuyo número aumenta vertiginosamente, ya que siguen entrando y acomodándose en los espacios vacíos de las bancas, como hormigas que caen de quién sabe dónde. “Increíble”, piensa, cuando la noche anterior solo había siete. Cuando, normalmente, es tan escasa la asistencia o al menos entre semana, que tiene que celebrar la eucaristía en una especie de capilla auxiliar que hay dentro de la misma iglesia. Tanto, que ha adquirido la costumbre de contar a los asistentes. Y nunca pasan de diez.

Van por la segunda lectura, cuando entra una muchedumbre y se sitúa en la parte de atrás. Incluso, debe quedarse de pie. ¡Tanta gente, Dios! El padre José Manuel se llena de júbilo. Le da una cosquillita en el estómago al levantarse de la silla para acercarse al atril a leer el Evangelio, mientras los músicos tocan. Se siente en su sitio, como hace mucho tiempo; empoderado, cual gran obispo. Su iglesia está llena, los feligreses cantan. Hay gente mirándolo todo, leyendo los volantes de la mesa de la entrada, pisando las baldosas.

¡Es un milagro!

Sin embargo, mientras explica la liturgia, nota un zumbido en el ambiente, que lo perturba y que viene, precisamente, de atrás. No es que vea muy bien de lejos; pero, se da cuenta de que su preciado y novísimo público, el que está de pie en la parte posterior, no deja de hablar. Después de un rato, el ruido mengua, pero no se disipa. Algunos feligreses sentados en las últimas bancas les lanzan miradas probablemente de desaprobación. La misa continúa. Ya va por las peticiones. “Señor, escucha y ten piedad”, repite la audiencia. El padre José Manuel no deja de ver a los ingratos de atrás; que ya se han reunido en grupos a charlar, como si estuvieran en algún bar.

“Señor, escucha y ten piedad”.

El padre se avergüenza al notar que, de nuevo, estaba moviendo la boca como marioneta. Normalmente, no le importa, pero hoy hay mucha gente. Algunos concurrentes de las primeras filas se han quedado mirándolo fijamente, con curiosidad, ignorando la lectura de las peticiones. “Habrán pensado que estoy hablando solo”, medita el religioso, con la música de fondo.

“Dame la mano, querido hermano. Dame la mano y mi hermano serás”, dice la canción.

Ahora la paz. Se avecina un largo y radiante paseo. Dos señoras voluntarias se le acercan, precavidas, pero el padre José Manuel, a sus 90 años, aún puede bajar uno, dos, tres escalones. Llega a la altura de las bancas, dispuesto a darle la mano a los feligreses de una de las hileras, la izquierda. El diácono se va por la derecha, siguiéndole la costumbre.

Los asistentes se levantan, se le acercan. Algunos le sonríen y otros se le quedan mirando la mano temblorosa. “Sí, es Parkinson”, le da ganas de decirle a los indiscretos. Dios, tantas manos, tanta gente, tantos quieren tocarlo. El padre sonríe. “La paz sea contigo”. Llega a la última banca. Lanza una mirada a los que siguen en tertulia. Algunos se la devuelven. El padre deja de sonreír.

Terminar la misa se vuelve un desafío. El zumbido ha crecido exorbitantemente. Esa gente seguro no se ha dado cuenta de que él está hablando. Ya son varios los feligreses de todas las bancas que miran hacia atrás. Algunos sacuden la cabeza, irritados. Otros cuchichean con sus acompañantes. En medio del ruido, el religioso da la Bendición final y va, abrumado, hacia la puertecilla.

Entonces, el diácono se dirige al micrófono. El padre lo escucha mientras camina: “Bueno y los que quieran quedarse para el concierto de violín, pueden permanecer ahí sentados, donde están”.

“Ah…”, esto lo toma por sorpresa. Finalmente, entiende todo. Desde la puertecilla, observa a los ruidosos tomar asiento. A algunos de los asistentes de la misa marcharse. A las señoras voluntarias ir y venir recogiendo y organizando el altar para el día siguiente. A un hombre poner, frente al altar, un micrófono y un asiento, ajustar varios cables. Entonces, aparece el músico y el aplauso es estruendoso. Da una venia y mientras se dispone a tocar el instrumento, el padre cruza la puertecilla, en medio del más sublime silencio.

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