Todo es culpa del efecto Mercurio retrógrado

Por: Óscar Mauricio Castro

Mi padre, un señor de aproximadamente setenta años, suele salir por un café cada mañana a las 10:00 a.m. Es una rutina que le permite hacer ejercicio, algo que él mismo considera como “su gimnasio diario”.

Aquel día, salió como todas las mañanas. Vestía una camiseta deportiva de la Selección Colombia versión retro, la cual le regalé emocionado luego ver por primera vez un Mundial de fútbol, en el 2014. Él suele combinarla con una pantaloneta negra y unos tenis blancos bastante limpios. La verdad no sé cómo hacen los padres para cuidar tanto sus zapatos.

Así, con ese look, se fue con mi madre hacia el centro comercial más cercano, el cual estaba a unas dos cuadras.

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El día era bastante bonito, un sol con pocas nubes contrastaba con la sombra de los arboles que cubría la mayor parte del camino, aquel que diariamente caminaban mis padres.

Dentro del pequeño centro comercial se ubica un local de café, al que cada día entre semana suelen llegar los mismos personajes; es casi un ritual levantar la cabeza y ver los mismos cuatro perfiles:

Una dama pensionada que va todas las mañanas a leer el periódico, un empresario que suele tomarse un café luego de terminar su rutina de gimnasio, una pareja de universitarios que espera la clase de las 11:00 a.m. y mis padres, quienes completan la lista.

Cada uno de estos personajes se sienta en un vértice de la pequeña plaza central que tiene forma de cuadrado, con el pequeño local de café en el centro.

Eran las 10:20 a.m. y las personas ya mencionadas se encontraban en su puesto, disfrutando de su acostumbrado café. Hasta ese momento, era un día cualquiera de mitad de semana laboral.

Mi madre, distraída por las notificaciones de su celular, estaba leyendo, bastante consternada, acerca del efecto Mercurio retrógrado. Le comentó a mi padre:

“¡Mira! El efecto Mercurio retrógrado es un efecto estelar donde la desaceleración del planeta Mercurio genera en los seres humanos una alteración en sus comportamientos, que ocasiona lo que coloquialmente se llama ‘mala suerte’”.

Mi padre siempre ha tenido una actitud escéptica ante todo, y este comentario no fue la excepción:

“No creo que un planeta rija nuestros comportamientos, creo que todo depende de nosotros”, terminó diciendo mientras tomaba un gran sorbo de café. Al mismo tiempo, mi madre seguía leyendo e intentando analizar si esto podía afectarle.

Mientras tanto, uno de los jóvenes que estaba en una de las esquinas se levantó para pedir un vaso extra de café, con la mala fortuna de tropezarse con el computador de su amiga, lo que acabó provocando que el equipo cayera al suelo. El joven, apenado, se paró rápidamente y levantó el computador para comprobar que no hubiese recibido un daño grave en su funcionamiento.

En la otra esquina, la mujer pensionada bajó el periódico que tenía en sus manos con la intención de ver qué había pasado con la pareja de jóvenes. Quiso sacar rápidamente su celular para tomarle una foto a la escena y compartir la imagen en el grupo de WhatsApp donde escribe sus críticas hacia la sociedad actual, especialmente hacia los jóvenes, de quienes considera que viven hiperconectados.

Dándose cuenta rápidamente de que no tenía el bolso en sus piernas, se levantó y corrió lo más rápido que pudo hacia el banco, lugar que previamente había visitado. Insultándose internamente por haberse distraído leyendo el periódico dentro de dicha entidad, se lamentaba por lo sucedido.

Entre el sutil caos, el empresario intentaba aguantar la risa, y siguió observando la situación mientras estaba en su teléfono hablando con alguien de manera bastante confiada.

A lo lejos, se veía un gran sujeto de unos dos metros, quien vestía una camisa amarilla y acompañaba a una joven de aproximadamente 1.60 metros de altura. La joven señaló al empresario y le indicó la ubicación a su acompañante. El empresario, al darse cuenta de que estaba siendo observado y señalado, escupió un poco de café… Y disimuladamente caminó hacia la salida más cercana, intentando alejarse lo más rápido posible de dicha pareja.

Los personajes hacían parte del staff del gimnasio que se ubica dentro del centro comercial. Al parecer, el empresario no había pagado la última cuota del gimnasio y estaba entrando mediante cortesías que lograba generar hábilmente mediante registros de diferentes cuentas que creaba.

Así que el actual escenario consistía en un caos sutil provocado por la mala suerte y sobre todo, por descuidos personales, algo que hubiera alegrado a mi padre, debido a su teoría.

Hasta ese momento, mis padres no se habían enterado de la situación debido a la rapidez con la que sucedió todo… Simplemente vieron la plaza vacía y una pareja de jóvenes discutiendo entre ellos mientras salían por la puerta principal con rumbo a la universidad del barrio.

Mi padre, viendo que todo estaba muy tranquilo, decidió ir por una nueva ración de café para él y mi madre.

Ya en el mostrador, la joven que atendía el local le dijo:

“Disculpe señor que me demore en tomarle su pedido, pero misteriosamente la máquina de capuchinos dejo de funcionar esta mañana. ¿Le molestaría ordenar algo que no sea café?”

Mi padre, que siempre ha sido un tipo tranquilo, solo se limitó a decirle:

“Sí claro, puede ser un té, igual no es culpa suya, parece ser culpa del Mercurio retrógrado”.

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