#Poema: Lamentos

Le dijeron que en la sierra de la Macarena, había un río en cuyas aguas parecía diluirse un arcoíris de cinco colores, pero decidió viajar hasta el oriente medio del mundo, en busca de un mar de muerte.

Le advirtieron de la urgencia de visitar las nieves del Nevado del Huila, pues pronto el volcán sería todo seca roca, pero desestimó la majestad de los Andes para intentar escalar un Everest que casi lo mata.

Buscaron asombrarlo explicándole cómo las aguas del Salto del Tequendama se anudaban con furia y caían como a un caldero que hierve, pero prefirió el mar que parece verterse sobre otro al norte de América.

Le recomendaron los juegos de delfines en la Isla de Malpelo, pero su humor sólo le concedió la satisfacción de ver los huesos de dinosaurios en museos de Nueva York.

Intentaron despertar sus oídos a la aventura asegurándole que la Amazonía era una selva de la que no se volvía, y cuyo único propósito era el de cercar a un río que parecía la anaconda del mundo, pero le tuvo temor al misterio de esa vida y padeció la soledad de las piedras, en ruinas griegas.

Leyó el fragmento de un viaje en el que alguien exclamaba que en el Valle del Cocora el humo de hielo difuminaba los suelos por los que se caminaba, pero creyó que era mejor perder el rumbo en la neblina que nacía a través de los bosques nórdicos.

Le recomendaron la Sierra Nevada, asegurándole que ahí conocería lenguas que contenían el secreto supremo, pero lo consideró cosa de otros y se fue a sufrir las lenguas de ingleses y alemanes.

Le ofrecieron conocer el viento inspirador de las noches de playa en Cartagena, pero menospreció la ciudad diciendo que para inspiración estaban los cafés de París y sus esquinas de bohemia.

Le aconsejaron alejarse de los mundos en las lluvias sin fin del Chocó, con sus músicas de maderas trenzadas, pero objetó y se encerró en los blancos inviernos de Rusia y en crepitares agudos de chimeneas.

Quisieron que fuera parte de una caravana de motores que atravesaría el aire de infierno del Desierto de la Tatacoa, pero se negó a un desafío que no fuera el del Sahara, con sus suelos de serpientes y sus dunas interminables.

En Italia un poeta se aferró a sus pies llorando de emoción, luego de que le confesó entre dientes de dónde venía, y le agradeció tanta belleza.

Fue entonces cuando dejó de errar por el mundo.

Cuando volvió a la casa de nacimiento, el peso del tiempo ya había encorvado su espalda.

Al final de sus días, un nieto tocó a la puerta de su cuarto, y al ver la tristeza sin fondo de sus ojos, tuvo la inocencia de invitarlo a pescar en la quebrada.

Pero se negó por última vez, sin mayor alternativa que volver a sus soledades.

Se rumora que nació en Colombia y murió de lamentos.

 

Comentarios

comentarios

Leave a Reply