La importancia de saber hablar el idioma del alma.

Por: Mar Márquez

La adolescencia es una etapa de la vida muy estimulante, podría describirla como el periodo de la vida en el que nos volvemos maestros de lo que queramos ser, creamos a quien queremos ser, o sencillamente, encarcelamos a quien somos. Pero nos volvemos tan buenos creando, que olvidamos lo que realmente representamos y creemos fielmente que cada una de nuestras acciones y el cómo nos mostramos al mundo, es lo verdadero.

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En esta etapa, las máscaras de nuestro subconsciente se vuelven cada vez más imperceptibles; escogemos con cuál de ellas nos presentarnos ante cada persona, muchas veces reprimiendo nuestra sombra y los rasgos que no reconocemos como propios. Sin embargo, algo que para mí es sumamente claro, es que en nuestra vida siempre nos estaremos preguntando: ¿quién es el yo?; ¿yo soy verdaderamente todas esas fracciones o no soy ninguna?, ¿en lo profundo de mí se esconde algo que no quiero que los demás vean, al punto de tampoco verlo yo mismo?, ¿cómo me reconozco ante el espejo? Sin duda, son preguntas que tal vez en algún momento nos hemos hecho, pero mi respuesta a por qué los adolescentes nos sentimos más heridos en este periodo de la vida, es la siguiente:

Desde nuestra infancia, hay muchas heridas que han estado ahí, pero los niños lloran y las olvidan, siguen jugando. En cambio, en la adolescencia, a veces las máscaras nos encierran, somos maestros del engaño, decidimos vivir en negación, para no enfrentar el dolor y las emociones que nunca nadie nos dijo cómo gestionar. Tampoco nos dijeron cómo enfrentar la vida y sus daños colaterales, así que decidimos olvidar con más máscaras. Y en realidad solo anhelamos amarnos a nosotros mismos, ser amados y amar a otros; queremos encontrar una criatura amiga en una cálida mirada, pero como nuestro cuerpo mental sigue con las heridas abiertas, olvidamos que a través de todas esas máscaras decidimos afrontar la sombra que cargamos con nosotros y no recordamos cómo hablar el idioma del alma.

Y es que, a pesar del dolor de nuestros corazones, tenemos la necesidad de mostrarnos al otro, porque en realidad somos vida. Puede que no sepa mucho, pero si algo me ha dicho la existencia es que debemos enfrentarnos a nosotros mismos, enfrentar al mundo, viajar por nuestro interior, aunque tal vez el proceso sea solitario, a pesar de que a veces la melancolía invada; porque con un mundo interior tan caudaloso, debemos cuidar que este no se desborde y, sin lugar a dudas, no podemos aislarnos del otro.

Debemos amar, soñar, llorar, reír a carcajadas, sentir el dolor, la tristeza, la felicidad y la alegría; tener la presencia de la muerte porque solo así podremos decir que hemos vivido realmente, sin tener vidas vacías de vida. Debemos enfrentar el dolor, sentirlo, porque en este mundo de adictos y gente que olvidó cómo hablar con el idioma del alma, el dolor es muy importante para crecer, para ver las sombras de nuestras cavernas. En ocasiones, caes a un abismo que salva, donde te das cuenta que el verdadero tesoro lo encuentras dentro, donde cada vez más nos exigimos ser.

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