#Relato: LA SENTENCIA DE DIOS

 

Todo mal, termina teniendo su castigo

El crepitar de los grillos acompaña su marcha en medio de la noche. En su mano sostiene trémulamente una linterna, andando a paso silencioso, con gran cuidado de no ser escuchado. Los árboles se agitan de vez en cuando por el viento, cargando una especie de mal agüero. Figuras extrañas le siguen en la oscuridad, su propia sombra, que lo acusa, lo persigue. ¿Qué había hecho? El viento trae a su oído el rumor de un grito tenue y agónico seguido de un estertor, así que se manda la mano al cinto, empuña el revólver y se gira con violencia. No hay nadie. Se guarda el revolver cargado, acelera el paso y divisando el cielo azul oscuro erguido sobre su cabeza, solo ve estrellas y la luna que apenas se asoma entre las oscuras nubes de la bóveda celeste.

Ha recorrido no se sabe cuántos kilómetros, sus piernas empiezan a temblar por el miedo cerval que le recorre la sangre y el cansancio de la huida. Se detiene al lado de un árbol, pone su mano en el tronco tratando de mantener el equilibrio para no caer. Su respiración es rauda y estridente. Se manda la mano al estómago y vomita, nota manchones rojizos del líquido cetrino que sale de su boca. Sus piernas no aguantan la presión, cae al piso. Su visión se nubla por completo.

Se recuerda a sí mismo de niño, con el cabello desaliñado, las rodillas raspadas y la ropa desgastada. Su familia siempre fue muy pobre, vivían en una pequeña casa de bahareque, a la orilla de una costa. Aquel pueblo estaba sumido en la miseria, olvidado por el resto del mundo. Los niños pequeños jugaban entre el barro semidesnudos, la basura de las ciudades se acumulaba en aquel lugar.  El día en que estaba haciendo memoria, regresó a su casa con un racimo de plátanos, no tenían nada para comer, así que se lo entrego a su madre con una gran sonrisa dibujada en la cara. Ella lo miró angustiada, se arrodillo frente a él y le pregunto de dónde lo había obtenido. Le respondió entre dientes y con gran temor, que lo había robado de una de las fincas de aquel hombre rico para el cual trabajaba su padre.

Su madre frunció el ceño, los ojos se le llenaron de lágrimas. Recuerda que tomó sus manos y con el fuete con que azotan las bestias, las golpeo hasta dejarlas rojas. Él trato de aguantar el llanto, pero los golpes le habían aflojado unos gritos lastimeros. Ella sostenía una mirada medrosa, le dijo que a pesar de sus necesidades no podía robar a nadie. “Solo aquello que se obtiene con el sudor de la frente es nuestro, Dios nos está observando”, miró al cielo, “Y aquellos que no cumplan su palabra serán castigados”. Le ordeno que regresara los plátanos a su dueño y le pidiese disculpas…

La luna ahora esta descubierta, iluminando tenuemente todo a su alrededor. Algunas gotas de sudor le escurren por el rostro. ¿Qué pensaría su madre ahora de él si estuviese viva? ¿Qué le diría si él llegase a casa después de haber matado a un hombre inocente? Miró al cielo, esta vez tratando de ver reflejada a su madre, buscando entre las estrellas a ese Dios que siempre observa todo. Ese Dios que su madre le dijo que lo castigaría si incumpliese sus normas. Trata de levantarse, pero sus esfuerzos son inútiles. Sus piernas no responden, están entumecidas de tanto correr. En un último aliento por tomar fuerzas, se arrastra unos cuantos metros, su cuerpo es peso muerto.

¿Y si rezase? ¿Respondería Dios a sus suplicas? ¿Le daría fuerzas para seguir escapando? Empieza a rezar. Reza hasta que unas luces de linterna a los lejos, acompañadas de gritos se acercan. Hombres vestidos de civil le siguen el rastro al asesino, que yace en el piso a su espera. Él vio la imagen de su madre en el cielo, le mando un último beso y se despidió de su recuerdo. Vio el rostro de sus víctimas, de tanta gente inocente, lo cual aumento su sentimiento de culpa. Si tan solo hubiese aprendido a no hacer el mal, si cuando era chico escuchase las palabras de su madre. Habría regresado lo que robó, y aprendería que el pillo tiene un mal final. Ahora recibirá, el castigo de Dios.

 

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