#Relato: CUANDO EL CÓNDOR ATACA. Parte 1*

#Relato: CUANDO EL CÓNDOR ATACA. Parte 1*

Parte 1*

CUANDO EL CÓNDOR ATACA

CUANDO EL CÓNDOR ATACA

 

Cuando el reloj marcaba las 7, su padre entraba en la habitación, se ponía a su lado y lo despertaba con suavidad. “Es hora de levantarse” le decía, lo desarropaba y le sobaba la frente. El salía de sopetón de la cama y se metía en la ducha. Su madre lo esperaba en la cocina con un desayuno diferente cada día, trataba de esmerarse. Huevos con tostada, pan con una fina capa de mantequilla y mermelada, tortillas de maíz… Era una osa muy amorosa, de un gran cariño y manos suaves que podían sanar hasta la herida más profunda del corazón, o al menos así le parecía a él, que la veía servirle el café a su padre, mientras le miraba con esos ojos que aducían ternura.

Para él, eran la familia de osos más feliz de todas. Tomaba entonces su morral para ir a la escuela, se montaba en la bicicleta de su padre, mientras su madre se despedía desde la puerta. Los paseos en la bicicleta le parecían divertidos, su pelaje se despeinaba con el viento y el intento de su madre por hacerlo ver bien parecido fallaba.

Su padre trabajaba en una empresa de ensamblaje de piezas de automóvil, era muy bueno con la mecánica, podía arreglar casi cualquier cosa. El colegio no le resultaba tan divertido, cuando su padre lo dejaba en la entrada, le rogaba para que lo llevase al trabajo, pero no cedía, le respondía que debía estudiar para cambiar la situación de la gente a su alrededor, aprender a mirar el mundo de otra manera, que si era un buen estudiante, entonces podría ensamblar las piezas para arreglar las injusticias del mundo. Así que se decidía a entrar con mucho rigor.

Contruyendo la felicidad

El tiempo a veces se pasaba lento, porque se ponía a divagar sobre los materiales que traería su padre del trabajo para continuar con su caja de teatro de títeres. Era el proyecto de ambos, llevaban varios meses atrás reciclando piezas pequeñas de hojalata y haciendo planos. Cuando llegara a la adultez soñaba con ser un gran inventor de renombre, que crearía cosas para el uso cotidiano de las personas, herramientas que les permitieran vivir mejor.

Cuando salía de clases estaba su padre esperándolo como de costumbre. A veces, de regreso a casa le compraba un helado de chocolate, se sentaban en un parque y su padre le hablaba sobre hechos y datos curiosos. La cuna de la humanidad fue en África. Nuestro ADN contiene genes de diferentes razas, desde asiática, hasta europea. Miraba a su padre con los ojos bien abiertos, tratando de memorizar cada cosa que le decía. Lo apuntaba en su mente y daba un repaso de camino a casa, para saber si podía recordarlo.

Un mundo diferente

El pequeño oso durante los paseos se dedicaba a observar el centro de la ciudad. Algunas calles estaban construidas con adoquines, y a los lados altos edificios que tenían árboles en frente. A pesar que nunca había viajado a otros lugares, le parecía que esa era una de las ciudades más bonitas que podía haber. Las personas abrigadas con chaquetas tomaban el autobús que desaparecían entre las filas de automóviles.

Lo primero que hacía cada día al llegar era correr a abrazar a su madre, quien después le revisaba las manos. “Has comido helado y tienes las manos sucias, ve a lavarlas”. Y se estiraba en el lavaplatos de la cocina, enjuagándose muy bien. Luego hacía los deberes de la escuela para así poder sentarse con su padre a construir la caja de títeres. Su padre llevaba en los bolsillos pequeñas piezas de metal que sobraban de la fábrica donde trabajaba, elegían juntos qué podía funcionar y qué no. Cuando lo tenían todo hacían figuritas de hojalata y pequeños mecanismo de engranajes y palanca. Todo parecía marchar bien, sin embargo, un día su padre mientras leía el periódico se notaba bastante preocupado, se levantó de la silla mecedora y fue donde su madre. Se encerraron en la habitación y hablaron entre susurros.

Miedo

Las cosas habían cambiado, su padre le decía que las calles estaban peligrosas, que no podía andar solo, tenía que ir acompañado de él o su madre. En la fábrica muchos perdieron sus trabajos, a pesar que su padre no, se había unido a un sindicato. Todo se ponía más turbio, los periódicos locales dejaron de sacar noticias relevantes y en las calles miles de personas marchaban. Fue entonces cuando un día saliendo de la escuela, fue testigo de cómo unos sujetos golpeaban a un muchacho muy joven. Fue tanto el horror que se puso a llorar, entonces uno de los sujetos se acercó a su padre y le dijo que tenía que callarle. Su padre lo tomo entre sus brazos y volvieron a la casa. A partir de ese momento no volvieron por helado en las tardes, ni se sentaban en el parque.

La ciudad ya no irradiaba alegría, todos los animales mantenían en sus casas. El pequeño oso a veces se asomaba a la ventana y miraba hacia la calle, afuera se escuchaba un silencio sepulcral que de vez en cuando se interrumpía con algunos gritos lejanos y detonaciones, entonces corría a meterse debajo de la cama o a abrazar a su madre.

 

 

El caso del señor Domínguez

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