#Relato: Desapariciones y fantasmas

#Relato: Desapariciones y fantasmas

Desapariciones y fantasmas

 

15 de noviembre de 2009

La mujer abre su boca como tratando de decir algo. Sus ojos relucen una beligerante desesperación; luego unas lágrimas cristalinas se derraman por su rostro ya arrugado por los años, quizás son grietas de desesperación. Marcas de una larga espera que no ha cerrado aún su ciclo porque su hijo no regresa. Lleva una espera de cinco años, sentada en aquella silla mecedora que él había hecho junto a su padre, dejando que el tiempo la fuese consumiendo. Afuera el mundo continua, pero en aquel lugar del no me olvides donde ella cohabita con la memoria de su hijo, el tiempo está congelado en el pasado. Aunque las paredes se caigan a pedazos, ella no permite que el polvo carcoma las cosas de su hijo. Todo está bien cuidado con una pulcritud sagrada, aguardando el día en que su hijo retorne a aquella habitación.

Ahora camina cabizbaja, una vez más en la estación de policía no tienen noticias del paradero de su hijo. ¿Por qué no lo saben? Si un día ellos lo llevaron a la estación, o eso decía el testimonio de sus amigos. Que llegaron un grupo de policías al parque Camargo, donde se sentaban a hablar los del grupo estudiantil. Sin mediar palabras los abatieron violentamente, los subieron esposados a aquellas camionetas. Los policías llevaban el rostro cubierto, no reconocieron a ninguno, se llevaron a 15 estudiantes, entre ellos el hijo de aquella mujer. La invité a salir de la estación de policía, a tomarse un agua aromática para que se tranquilizara. Le puse mi mano en su hombro y salimos de allí.

Los informes presentados decían que un grupo al margen de ley, estaban incitando a estudiantes a unirse a las filas de la guerrilla. La supuesta operación de atrapar a los insurgentes había sido exitosa. Lo que para la policía parecía ser un triunfo falso, fue el inicio de la insoportable y amarga situación de aquella mujer, pero no de solo ella, sino también de los padres de los otros 14, que han vivido el suplicio de la desaparición de sus hijos e hijas. Un largo proceso de incertidumbre en el que no saben si están muertos o vivos. No se puede tener esperanza en que un día volverán porque probablemente no lo hagan, pero tampoco aceptan su muerte, o solo lo hacen parcialmente.

Si supiera el Estado, dice ella, ese flagelo mental que tienen que padecer a la espera de noticias, a la espera, quizá, del cadáver de sus familiares. Muy pocos opinan sobre ello, si lo hacen no son escuchados. ¿Cuánto tiempo debía pasar entonces para que al menos aceptaran la matanza de 15 estudiantes? Y de muchos más en el resto del país. Parecía que nunca iban a aceptar que habían asesinado a 15 inocentes en nombre de la patria, a 15 muchachos y muchachas que eran el futuro de este país, para atribuirlos al acabose del supuesto comunismo, de las guerillas que quieren hundir el país en el pantano de la pobreza.

Vi alejarse a la mujer cuando salimos de la cafetería, parecía más tranquila. Pero yo sabía muy en el fondo que no iba a durar durante mucho tiempo. Saqué un cigarrillo y empecé a fumar. Pensé en mi madre, era como ella, hasta que un día murió de pena moral porque mi hermano jamás regreso. Un día se lo llevaron a recoger café, y tantos años después ella le seguía esperando. Era solo un muchacho de 16 años…

 

 

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