#Columna – Reflejo

#Columna – Reflejo

Reflejo

Aunque veo al sujeto todos los días, no me termino de familiarizar con él, y las veces en las que sonríe, desde el otro lado del espejo, me desconcierta. ¿En qué estará pensando?, me pregunto. Se supone que él es mi reflejo, un yo de mentiras, pero ¿qué tal que no sea así?

Hay quienes dicen que los espejos funcionan a manera de portal con otras dimensiones, lugares en los que, supongo, somos los mismos pero distintos. Por lo general, ese hombre del que les hablo mantiene un semblante serio y a veces sonríe, pero ¿qué tal que fuera alguien más?, ¿qué tal que ese tipejo que veo fuera una persona de verdad, con una vida funcional, si suponemos que la vida tiene una utilidad práctica?

Imagino que esa persona idéntica a mí, lleva una vida distinta en su dimensión, una, por ejemplo, en la que todo lo que yo no he conseguido, él sí lo ha obtenido.

Aún bajo ese panorama, no siento envidia por mi doble, sino más bien admiración.  Él lleva una vida repleta de lujos, y su familia: esposa y dos hijos, la parejita, son dignos modelos para volante de banco, pues la imagen que se me viene a la cabeza, cuando le sostengo la mirada, es una en la que sonríen, mientras meten unas maletas de viaje en el baúl de una camioneta 4×4 último modelo, para pasar un fin de semana en su casa de campo.

Como ese hombre es millonario, se puede dar el lujo de tomar vacaciones en cualquier momento del año, a diferencia mía, que solo puedo disfrutar de un puñado de días, y no veo la hora de poder tomarlos.

En los días en los que me levanto con ganas de patear el mundo, porque considero que Dios, la vida y su practicidad, el destino, el chupacabras -sea quien sea el encargado de repartir las suertes y las desgracias-, no me ha dado lo que me merezco; en esos días si siento envidia del hombre que veo al otro lado del espejo.

Entonces intento lo siguiente: me aproximo de forma sigilosa al baño, procurando no hacer ruido con mis pisadas sobre el piso de madera, hasta que me ubico enfrente de la puerta. Agarro la chapa y la giro suavemente y, cuando ya no opone resistencia, abro la puerta de forma violenta, para ver si puedo pillar a ese sujeto desprevenido, cometiendo alguna falta moral, qué se yo, por ejemplo, encontrarlo besando a su amante, pero nunca lo he conseguido.  El hombre siempre está ahí con su carita de yo no fui, listo a imitar todos mis movimientos, como si no tuviera nada más que hacer en su vida.     

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