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#Columna – Cultura de la cancelación ¿Responsabilidad o censura?

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Según Wikipedia, “la cultura de la cancelación es un neologismo que designa a un cierto fenómeno extendido de retirar el apoyo, ya sea moral, como financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles, ello como consecuencia de determinados comentarios o acciones”

Esta práctica es el pan de cada día en las redes sociales, pues lleva a grupos de personas o usuarios a denunciar públicamente un acto, comentario o persona con el objetivo de anular una conducta, invalidar opiniones y prácticamente su existencia de todas las áreas sociales y, todo ello, a raíz de la socialización de un comentario o del apoyo a una postura concreta en un tema determinado, generalmente a través de las redes sociales.

En otras palabras, la cultura de la cancelación supone que la exposición pública de alguna postura determinada puede, o no, desencadenar una serie de acciones en las cuales, de manera deliberada, las personas visualizarán. En este orden de ideas, sacar sus propias conclusiones.

Dicho proceso puede acarrear, como mínimo, el escarnio público de la persona, y, en estancias más trabajadas se encuentra la pérdida del empleo (si es una persona del común) o la pérdida de ventas de un producto o servicio (para el caso de las compañías).

Un ejemplo reciente y nacional de la cultura de la cancelación, se encuentra en la influenciadora y empresaria “Epa Colombia” cuando, para impulsar las ventas de sus productos para la línea de niñas, en un acto desesperado sacó provecho de la narrativa de una menor afrocolombiana que quería tener su cabello alisado. En dicho contexto, la influencer se vende a sí misma como la salvadora de dicha situación, pues con sus productos “le cumple el deseo” a la niña.

Una narrativa aparentemente “inocente” y “normalizada” desencadenó un descontento desmesurado en las redes sociales, pues las personas alegaban sentirse por fuera del discurso de la aceptación física e incluso llegaron a señalar dicho discurso como racista. “Que utilice el cabello afro de una niña para hacer propaganda solo legitima el imaginario de el cabello lacio hegemónico en la belleza”, señaló una usuaria en Twitter.

En la actualidad, claramente hay códigos sociales que con mucho esfuerzo se han trabajado en dirección a cuestionar los cánones de belleza estéticos inalcanzables impuestos por la publicidad. Imaginarios e ideas que se han normalizado y concebido generación tras generación, han debido replantearse con base a las concepciones sociales que nacen a partir de los debates sociales para redefinir lo “normal”. En dichos casos, esto solo ha sido posible lograrlo a través de lo que muchas personas llaman “extremismo” o como se mencionaba anteriormente, por medio de la cancelación.

Probablemente, visibilizar y poner en tela de juicio ciertas conductas no cambie  la historia, pero es el paso que hay que dar para escribir una nueva. Ser conscientes de lo que producimos y reproducimos también forma parte de la responsabilidad social.

En conclusión, que un tema o una conducta esté normalizada o lo haya sido por mucho tiempo, no significa que sea lo correcto o que sea la verdad absoluta.